La educación
Señor director:
Me refiero en este momento a la educación de hogar, que es aquella que se adquiere en la familia y que solamente puede contribuir a la superación del ser humano si las personas que dirigen la familia la han recibido.
Como dice el cantautor: ¿Quién tiene un hijo en las entrañas/ quién le está dando el desayuno/ para cobrárselo mañana
Entiendo que las figuras paternidad responsable y maternidad responsable son más necesarias hoy, cuando es evidente que hay descomposición en importantes instancias de la sociedad.
En el hogar, el niño y la niña deben aprender a ser mejores ciudadanos. No estamos seguros de que el mejor niño será el mejor ciudadano, porque la familia tradicional tiene como niño mejor aquél que es más obediente.
Cuando una madre golpea a uno de sus hijos para que le obedezca, debe recordar que logró lo que quería en ese momento, pero que su niño no siempre será niño, que la mayor parte de su vida la vivirá como adulto, porque la niñez solamente dura unos doce o trece años.
No es posible que todavía, en pleno siglo 21, haya quienes maltraten a sus hijos.
Una conducta que es necesario erradicar es la de considerar privado lo que es de interés público. Por ejemplo, cuando una mujer es golpeada en su hogar, no se puede decir que entre marido y mujer nadie se debe meter. No es casual el crecimiento de la cifra de mujeres asesinadas. Eso es lastimoso y hasta vergonzoso, y es peor aún el hecho de que muchas veces los niños pagan las consecuencias de una mala relación entre dos personas que quizás nunca se apropiaron de la idea de que la buena convivencia es indispensable.
Hay casos con triste final, como el que ocurrió recientemente de una mujer que mató a su marido. No nos podemos alegrar de que el golpeador haya sido quien resultara muerto. La autoridad correspondiente debió actuar para que no ocurriera esa desgracia.
La educación de hogar está llamada a detener el crecimiento de estas cifras y la proliferación de crónicas de este tipo, porque no es posible que sigamos siendo indiferentes a lo que ocurre en nuestras propias narices y, más que avergonzarnos, nos abofetea.
Atentamente,
Lic. Santa Martínez
Santo Domingo
