Señor director:
Juan Bosch ya era presidente cuando lo saludé, aquí en Santo Domingo, al final de un almuerzo de la Cámara Oficial de Comercio que se celebraba en el Embassy Club del Hotel El Embajador, invitado por por Don Bello Cámpora, quien la presidia.
Me preguntó por mi familia en Cuba y si pensaba quedarme en Santo Domingo. Después, pasó a hablarme de su hijo León, quien había estudiado pintura en la academia San Alejandro, de La Habana. Me dijo que era bohemio y estaba algo descarriado en esa época. Le gustaría que yo hiciera algo por encontrarnos y hacer amistad.
Lo logré años después, gracias al ilustre y recordado amigo Juan Plutarco Andújar en su famoso atelier de Boca Chica.
Me impresionó que el presidente, con los problemas característicos de su cargo y mucho más, porque provenía de decadas de exilio, eligiera como punto de conversación la moral de su joven hijo.
Buen padre y mejor moralista.
Después, vino el insensato derrocamiento de 1963 que me hizo recorrer el Campus de Purdue University, donde yo estudiaba, informando a estudiantes dominicanos del golpe de Estado incruento por el patriotismo de Bosch. Pero que en 1965 derramaría a borbotones sangre nueva.
Después fui a visitarlo a su resguardada y solitaria residencia del Kilómetro 7 ½ de la carretera Sánchez. Algo me instaba a visitar a Bosch. Este señor, me decía, me brindó hospitalidad personal y aun nacional cuando el poder lo rodeaba. Mi deber ahora, que está solo, es visitarlo. Nadie me esperaba. Pero recuerdo las atenciones, casi exageradas, de César Cruz Mordán.
La presencia en una salita interior, todos de pie, del poder y el prestigio del PRD: Antonio Guzmán, Antonio Martínez Francisco, José Brea Peña, Fernández Mármol… Regresó Cruz Mordán. Otra salida y allí el derrocado y digno presidente. Me volvió a preguntar por mi familia, tras invitarme al patio, cobijado por una enramadita circular.
Me preguntó por mis estudios de Economía Agrícola y disertó sobre concepto y realidades de la reforma agraria. También sobre escuelas políticas, y sentenció: Fíjate, el líder político tiene que ostentar en grado sumo las virtudes contrarias a los defectos de su pueblo; corrupción, alcohol, parrandas: ¡fuera!
De nuevo el moralista, esta vez social Pero el relato no termina, continuaré…
Atentamente,
Lic. Francisco Dorta-Duque
Santo Domingo

