Cartas de los lectores



Sobre la calle Baní

Señor director:
La «Calle Baní», como ya he expresado, tiene una «larga duración» (longue durée) como identidad de esta comunidad de la Urbanización Tropical; está inscrita en la corteza del paisaje, entre el primer farallón del Mar Caribe, hacia el sur, mirando siempre hacia los crepúsculos que nos guían la vista hacia la población de Baní. Se mantiene con su magna corteza terrestre de frente al Malecón. Es la abertura terrestre que lleva a la histórica cueva donde se escondían los insurrectos de mediados del siglo XIX que actuaban contra los gobiernos de factos, despóticos y anticivilistas de ese siglo decimonónico, donde perecieron tantos y tantos dominicanos que eran partidarios de la inquebrantable libertad que debe ser el gobierno de las conciencias.

Es la «Calle Baní» la misma que recuerda al «Algodonal», el histórico fundo como le llama el historiador Américo Moreta Castillo, a las tierras del General restaurador Braulio Álvarez (1842-1921), el mismo personaje que tantas veces cita Moscoso Puello en su novela Navarijo, y a las primeras mujeres dominicanas que habitaron esta finca del «Algodonal» borradas sus vidas heroicas de la “historia oficial”, consumidas por la mezquindad de la absoluta inmovilidad temporal, víctimas de la historia factual, esa que desecha a las genealogías.

Es a esa historia factual a la que le escribo, a la que suprime a la dialéctica, que se cohesiona con rasgos insuficientes, pero que da “durabilidad” a lo episódico, que se moldea sin dar alternativas para la rectificación, para subrayar la necesidad de ver las dos caras de la tesis y la antítesis.
Sé que todo en la vida es como un espasmo, que todos vivimos nuestra propia historia concreto, a lo material, a lo rítmico del ir y venir del tiempo, y es: el de las ideas.

Quizás, sea esta la oportunidad, la ocasión para hacer que nuevas ideas germinen sobre la «noción de vivencia» (Er lebnis) y de la «larga duración» (longue durée), y que las mismas nos permitan, en un futuro cercano, ampliar el ejercicio de nuestros derechos patrimoniales intangibles, entre ellos, la memoria. Tal vez, también, podamos ir ensayando una nueva cultura para asumir nuestro compromiso generacional, ese compromiso que se debe sustentar en los símbolos de la interrelación de quienes tienen que agotar un compromiso con el tiempo presente, para subrayar las heredades, los valores espirituales que trascienden todas las definiciones, y que las sociedades hacen, después, una inagotable fuente de conocimientos.

Atentamente,
Ylonka Nacidit Perdomo