Las revelaciones de Wikileaks respecto a los informes enviados por la diplomacia estadounidense al Departamento de Estado norteamericano, no deben sorprender a nadie.
Espiar a sus adversarios y a sus propios aliados es una práctica rutinaria del imperio, sin importar valoraciones éticas ni morales. Para ello usa personal diplomático, técnicos de sus agencias y a inofensivos mortales.
En las labores de inteligencia participan muchos ciudadanos libres de toda sospecha, que insertados en las estructuras del Estado o en medios de comunicación reportan informaciones sensibles.
Ya las filtraciones conocidas a través de los medios de prensa han causado revuelo a nivel planetario, pero los informes diplomáticos más importantes no se han dado a conocer y dudo que se haga.
Para ello The New York Times, The Guardian, El País, Le Monde y Der Spiegel, a quienes Wikileaks privilegió el suministro de 250 mil documentos, han consensuado su publicación con el Departamento de Estado.
Y aunque se pretexta que son materiales sensibles, cuya revelación atentaría contra la seguridad de EEUU y otros países, lo cierto es que de hacerlo, hasta las partes pudendas del imperio y aliados se exhibirían al mundo.
Ya el primer ministro ruso, Vladimir Putin, dijo de los cables diplomáticos filtrados por Wikileaks que son una muestra de la «arrogancia, grosería y falta de ética» de EEUU.
De Cuba, de unos 2,080 cables enviados al Departamento de Estado norteamericano, sólo se ha publicado uno, donde se mezclan verdades y mentiras para confundir.
De su patio trasero, esperamos lo que dirán del narcotráfico, la corrupción, relaciones con Cuba, Venezuela y Haití, y del perfil y quehacer de los pseudo líderes de la partidocracia.

