Los años 2012 y 2013 fueron testigos de la partida a la casa del Padre de dos de los más extraordinarios seres humanos que el deporte dominicano ha conocido: Rubén Pimentel y Milcíades (Chide) Noboa. Ambos construyeron un liderazgo que traspasó los límites provinciales.
Tuvieron infinidad de afinidades: eran nobles, humildes y solidarios. Es decir, libres de la miseria humana de que habla José Ingenieros en El Hombre Mediocre. No tenían más ambición que la de desarrollar formativamente a sus descendientes y poder disfrutar sus nietos y nietas. Dios los escuchó en su infinita misericordia y con creces lograron tales objetivos. Soy testigo de excepción de eso.
Como cristianos, vivieron para servir. Aquel que no vive para servir, no sirve para vivir, nos dejó dicho Juan Bosch. Los dos daban hasta el dolor, como manda la madre Teresa de Calcuta. Da hasta que duela, decía ella. Esa vocación la llevaron hasta el último hálito de sus vidas.
Estos dos sembradores no obtuvieron grados universitarios, sin embargo, fueron entes de consulta de grandes profesionales e incluso de docentes o académicos del deporte. Eran tejedores de esperanzas de familias disfuncionales y enderezaban amigos que en cierto momento se salían del redil. Tenían una inteligencia natural para dirimir conflictos y hacer que la luz brillara al final del túnel.
Vecinos provinciales: Rubén de Villa Sombrero (Baní) y Chide de Azua, vecinos de residencial por más de cuatro décadas, compañeros del deporte durante toda una vida, sólo la muerte los separó hace seis meses, pero ¡oh paradoja!, la misma parca se ha encargado de su reencuentro.
Rubén y Chide amaban sin límites a sus esposas, doña Pilla y doña Minón. Había que ver cómo les brillaban los ojos al hablar de ellas. Fueron padres orgullosos de sus hijos y descendientes, tenían una gran devoción por sus amigos.
Pero lo más impresionante de Chide y de Rubén fueron sus capacidades para perdonar. Ellos dejaron la tierra, libres de resquemores, porque lo que les fue negado a uno y otro en vida por organismos del deporte, les fue recompensado por el pueblo en amistad, abrazos y reconocimientos, aún después de muertos. Total, si la única gloria verdadera es la que da el Señor, y ésa la tienen aseguradas, qué importan las demás.

