Opinión

Cincuenta años después

Cincuenta años después

El 14 de junio de 1959, en las últimas horas de la tarde, serían tal vez las 7:00 de la noche, el agregado militar de la Embajada de los Estados Unidos en nuestro país, vinculado por razones de amistad con una distinguida familia dominicana de apreciable importancia social y económica, llegó a la residencia ubicada en la avenida George Washington y después de saludar cariñosamente a los presentes en la galería de aquella hermosa construcción, llamó en un aparte a uno de los hijos de la casa, estudiante de término de Derecho en la Universidad de Santo Domingo y le informó que hacía aproximadamente dos horas que había aterrizado un avión en el aeropuerto de Constanza, del cual descendieron más de veinte hombres armados, sorprendiendo a la dotación que tenía bajo su vigilancia el campo de aviación.

 El militar, capitán de navío de la Marina de los Estados Unidos, informó al amigo, que después de un breve intercambio de disparos el avión había logrado despegar bajo fuego de los soldados allí apostados y que los combatientes que descendieron de la nave se internaron apresuradamente en las montañas que rodean el valle de Constanza. Más tarde, cuando el autor de esta columna llegó a la residencia de esa familia amiga, y por los vínculos que teníamos con la persona que había recibido la información, fuimos enterados de lo que había sucedido y de la forma en que la embajada de los Estados Unidos había recibido la noticia.

 Al día siguiente, lunes 15, soterradamente la noticia había corrido como pólvora en la ciudad de Santo Domingo; no eran veinte o algo más de veinte los combatientes que habían desembarcado en el aeropuerto del corazón de la República, eran más de cincuenta, con armas largas que sorprendieron a la dotación militar del aeropuerto, porque el avión en que aterrizaron estaba pintado con las insignias de la Aviación Militar Dominicana. Ese avión había entrado al país por el lugar exacto donde finaliza el valle de La Vega Real, que está entre la desembocadura del Yaque del Norte y el Masacre. Volando a baja altura pasó por encima de las plantaciones bananeras de la Grenada Company, instaladas en esa región y logró hacer esta maniobra, admirable, porque aunque venía pilotado por un joven venezolano llamado Alfredo Rodríguez, estaba bajo la orientación de Juan de  Dios Ventura Simó, capitán de la Aviación Militar Dominicana, que había desertado denunciando en el exterior la dictadura de Trujillo.

Esa acción temeraria, audaz, valiente, realmente heroica, no sorprendió al régimen trujillista porque desde hacía más de tres meses agentes infiltrados en la vanguardia revolucionaria que se entrenaba en Cuba, habían comunicado a los servicios de inteligencia dominicanos, el entrenamiento y los preparativos de la expedición que llegaría por aire y por mar a nuestro territorio. El más importante de los delatores cubanos era el jefe de la Fuerza Aérea Revolucionaria de ese país, comandante Diaz Lanz.

El Nacional

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