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‘San Andreas’: Ni suspenso ni emoción

 

Así como es de terrible y amplia la destrucción que se observa en ‘San Andreas’, en esa misma media es de desastrosa la estructura narrativa del film. El relato no solo desafía la lógica y la física, sino que además, adolece de un personaje con el cual identificarse.

Por lo tanto, la película no despierta el más leve interés en el espectador, salvo que no se tome en cuenta la belleza que irradia la actriz Alexandra Daddario, como le recuerda Art Parkinson, el actor con el único par de líneas rescatables de esta hecatombe.

Mientras echa manos de cualquier cliché y convencionalismo para salir adelante, como aquel del rescate imposible al último segundo o el del susto en repetición progresiva, el director Brad Peyton construye una puesta en escena que va de una situación anticlimática a la siguiente sin ninguna transición que genere tensión dramática o el más mínimo nivel de suspenso.

Para mayor desventura, los diálogos, ridículos e inconsecuentes, son de una pobreza antológica. Contienen frases tan fuera de lugar y de mal gusto como aquella con una connotación sexual “ha pasado algún tiempo desde la última vez que te agarre en la segunda base” o sino el epitafio con el que cierra la película: “¿Y ahora qué sigue?”

El film arranca a la deriva con una operación de rescate de la cual a ningún espectador le importa la suerte de los involucrados, ni en un lado ni en el otro; y después de aquello ’San Andreas’ no hace sino hundirse en su propia batahola.

Dwayne ‘The Rock’ Johnson es el actor principal de este desaguisado en el que hace de un piloto de una unidad de búsqueda y rescate del Departamento de Bomberos de Los Ángeles. Cuando las fallas de San Adres desatan una serie de terremotos que hacen añicos la ciudad y sus alrededores,The Rock se lanza al rescate, ¿pero de quién? De su ex esposa e hija adolescente. Mientras el mundo se desmorona a su alrededor, ni él ni ningún otro miembro de su unidad rescatan a ninguna otra persona.

Una vez más Hollywood toma un asunto muy serio, y hace con él lo que le viene en ganas. Por ello, el conjunto aquí carece de perspectiva. Tampoco hay contextualización, y el alcance o la magnitud de la tragedia nunca adquieren ningún valor narrativo, en términos físicos o humanos. Los efectos visuales impresionan a primera vista, pero luego caen en el aburrimiento debido a la repetición torpe del mismo truco.Al menos las películas de desastre de los años 70, aunque risibles, tenían un elenco de prestigio que despertaba interés y generaba entusiasmo.

El Nacional

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