¿Qué Pasa?

Cine y sociedad

Cine y sociedad

He aquí una película de espionaje a la vieja usanza, o mejor dicho, como muy pocas veces se hacen. Esta es la antítesis de las películas de James Bond. Toda la pirotecnia y exuberancia que adornan y determinan el modus operandi del agente 007, y otros que le han seguido los pasos, no tienen cabida en el sombrío y deprimente mundo que recrea Tinker Tailor Soldier Spy.

Por eso, el film está exento de artificios y de desafíos inauditos. Este es otro mundo y otro ambiente minimalista, desolado e inhóspito, y en el que predominan tonos grises y marrones.

La película es una adaptación de una novela de John Le Carré, ambientada en Londres, a principios de los años 70, en pleno apogeo de la Guerra Fría. Allí, tras la perdida de un agente mientras se encontraba en una misión en la Unión soviética, el Servicio Británico de Inteligencia advierte que hay un doble agente entre sus filas, y manda llamar al veterano agente, caído en desgracia, George Smiley (Gary Oldman) para que vierta luz sobre el asunto.

La trama, en la que el propio Smiley forma parte del puñado de sospechosos, se centra en la forma en que éste va analizando y absorbiendo a través de pequeños detalles y penetrantes miradas, la fuente de donde proviene la traición y el engaño.

Hay pocos disparos en el film, y tampoco abunda la acción. La atmósfera es pesada y austera, y el ritmo pausado. La información es abundante, pero los diálogos espaciados. De hecho, el personaje central apenas  pronuncia palabra durante unos 20 minutos.

Sin embargo, uno tiene que dar crédito al director sueco Tomas Alfredson. Su paciencia para contar la historia deja sus dividendos: la película alcanza un nivel de tensión y suspenso realmente agobiante.

Aunque narrada en base a una serie de flashbacks, esto no ayuda a hacer más comprensible el relato, pero sí más enigmático y fascinante. La película exige tanta atención del espectador como los propios personajes, en su desconfianza, deben prodigarse así mismos. 

El reparto es estupendo, pero Oldman, en un astuto y cerebral rol, ofrece una memorable caracterización, tal vez la mejor de su carrera. Aquí cada quien conoce su personaje, y guiados por Alfredson, lo desenvuelven y revelan con parsimonia y plena conciencia de su papel y destino.

Este no es un film para todo público, pero quien conecte con él, con su estética ‘old fashion’, opaca y melancólica; con la rígida y admirable dirección de Alfredson y la música de corte jazzista de Alberto Iglesias, saldrá altamente complacido.

El Nacional

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