Colapso de líderes y costumbres



PÁGINA 28-30 1 Juan Bosch

El país que nos vio nacer y nos verá morir, el país de nuestros amores y dolores, el país que amamos porque sentimos es una prótesis de nuestras familias, confronta hoy graves disyuntivas y retos por el colapso de líderes trascendentes, colapso de costumbres inculcadas por nuestros ancestros, racimo de colapsos que se traducen en derrota nacional.

Colapsos y derrotas que nos atañen a todos por igual, porque representan no solo la supervivencia nacional, sino porque nos compulsan, exigen y convidan, a un gran diálogo nacional, un examen de conciencia, retroinspección de nuestro común proceder, convocándonos a introducir correctivos en la ruta, procurando soluciones heroicas y mediáticas, para superar el colapso.

Empiezo por el colapso de las costumbres que forjaron y nos legaron los ancestros, de respetar a los padres, a los mayores, a los profesores, el cortejo galante a las damas, exentos de contaminaciones soeces, la evaluación positiva del prójimo, trocada por catarata descalificante, sobre todo, en el degradado mundillo político.

Nunca como en el convulso y deprimente hogaño, vemos el auge de los contravalores éticos que signaron el tramo referencial de la conducta ciudadana, donde un pelo de bigote adquiría más valor que un cheque al portador, y la palabra empeñada era sinónimo de honrar, idéntico como es norma en el honorable y excitante mundillo del gallerismo.

Vemos consternados y angustiados el auge deplorable de inconductas de hijos a padres, a quienes irrespetan, insultan, maldicen, les desean la muerte, conforme conozco un caso que amerita trato profesional, de elementos antisociales y díscolos que retan a los maestros a pelear, en el primero de los casos, antaño, cuando los padre hablaban, ordenaban, los hijos obedecíamos, y en el segundo, la prédica hogareña nos inculcaba que los maestros eran la extensión de los padres en las aulas.

Hoy, la pirámide de temor de los hijos a los padres es peligrosamente invertida, por padres que temen a sus hijos, desertando de sus controles conductuales, e inintencionalmente laborando la arcilla de una escultura repulsiva como una cariátide, y sus terribles consecuencias delincuenciales.

Vemos que una mujer de nacionalidad haitiana, que saturan el país con la indiferencia y tolerancia gravísima de la Era del PLD, causó la muerte a su hijo de diez años al propinarle una pela con un alambre, y aunque siempre han existido excesos de castigos corporales, que no es la terapia correcta, sino el razonamiento al menor de la inconducta, que se censura, esos excesos no eran la frecuencia a la corrección. (Diario Libre 17 de junio de 2019).

Colapso de líderes
Resulta un teorema fácil de descifrar, que desde la desmaterialización de los tres grandes líderes Juan Bosch, Joaquín Balaguer y José Francisco Peña Gómez, que forjaron la democracia luego del ajusticiamiento del dictador Rafael Leónidas Trujillo, el liderazgo colapsó, surgiendo dirigentes de facciones, Leonel Fernández y Danilo Medina, extensivo a la oposición sin oposición, y con sus colapsos, colapsaron sus referencias singulares y, ¡ay, lo peor!, sin avizorar en lontananza un líder nuevo.

Ninguno de los dirigentes políticos de hogaño muestran un proyecto de nación con las providencias precisas de conformar una República Dominicana diferente al del lamentable hoy, donde el crecimiento de la riqueza cambie de excluyente a incluyente, en un PIB de 7% concentrado en una cúpula insaciable e insensible, con salarios paupérrimos que no alcanzan ni la mitad de la canasta familiar básica de RD$15 mil.

Ausencia de un líder que reinstaure la mesura en el gasto público y el endeudamiento externo, que el PLD ha trepado irresponsablemente en US$44 mil millones, y en programas sociales signados por el cuestionable populismo, sin respaldo bancario de los beneficiados, recursos dispendiados del contribuyente, que no se recuperarán jamás, y advendrá, como siempre, la condonación.

Presencia de un líder que elimine de un plumazo, la hidra maldita de la reelección, condene la corrupción y liquide la impunidad, lacras que conducen al país a un peligroso despeñadero moral.
Un líder con la firmeza del presidente Balaguer, que frene en seco el endeudamiento, el auge de las drogas y la delincuencia aterrante, que infunda respetar las leyes.

Un gobernante de vergüenza como el presidente Antonio Guzmán, que eliminó la política de las barracas, honró la Constitución sin intentar reelegirse, logró respetar las leyes, procedió con pulcritud, optando por el suicidio, antes de comparecer al infamante banquillo de acusados a enfrentar indelicadezas que incurrieron otros, que sus paisanos nos forjamos la íntima convicción de su inocencia.

Los tres grandes líderes post Trujillo que siempre rechazaron los bienes materiales, que murieron pobres, como siempre fueron, satisfechos, cada uno a su manera, de cumplir un mandato de conciencia donde, como humanos que fueron, hubo fallas, pero nunca inconductas proditorias personales.

El país observa y admira un gesto como el de un simple alcalde de Villa Vásquez, que, reciente, decidió suicidarse por los rumores que lo vincularon con la corrupción, y de imitarse, el censo de políticos luciría demográficamente glorioso desierto.