El embajador británico, Steven Fisher, había promovido en octubre un evento comercial denominado Meet the UK, en una irrefutable muestra de buena voluntad. Primera feria realizada en el país, dedicada a la exhibición de bienes y servicios del Reino Unido. Treinta días después se ve obligado a denunciar dos hechos de corrupción que afectan a dos empresas de su país. Una de ella tuvo que retirarse, incapaz de acceder a las presiones de soborno por parte de funcionarios públicos.
La denuncia, evidentemente bochornosa y preocupante, está encadenada a otras en las que han tenido que intervenir representantes de Estados y empresas acosadas por la corrupción oficial. Estamos en las cuatro esquinas en todo el mundo, pero, en un destemplado rasgar de vestidura, el canciller Morales Troncoso insulta al embajador Fisher calificando de imprudente, en vez de pedir disculpas al Reino Unido por el comportamiento de sus servidores.
Socios comerciales tan importantes para República Dominicana, como Estados Unidos, Inglaterra y Brasil, han sido sometidos a toda suerte de chantajes y extorsiones por parte de funcionarios en los gobiernos
del PLD, sin que sepamos de alguna condena, por lo menos en orden moral.
Todo eso ocurre, impune, medio de una crisis económica de grandes magnitudes, que mantiene a la población al borde del colapso por el desempleo, carencias en los servicios de energía, agua potable y precios insostenibles en los alimentos, combustibles y el transporte público.
Esperar que estos escándalos no afecten la inversión extranjera, la imagen del país en los mercados internacionales ni la candidatura del PLD es como tratar de tapar el sol con un dedo. El respaldo de la primera dama, con lo que ello representa, tiene también la desventaja de la contaminación por efecto de la corrupción. Incluido, por supuesto, en el mismo paquete. De ahí que el discurso de campaña del candidato oficial no tenga buenos resultados. Nadie puede estar con Dios y con el diablo al mismo tiempo.

