Una gallera -no hay juego sin reglas, todo lo que hace el ser humano conlleva algún tipo de registro razonable o razonado, ya que uno de sus peores temores y enemigos temibles es el caos-, es un redondel de muerte y de sangre animal.
Aunque ahí no se entregan a la guerra los humanos, los combates son estrictamente normados por reglamentos que decide la palabra no los papeles inorgánicos.
Talvez por ello, la firma de pactos con acompañamiento de jefes de diálogos y mediadores caros resultan prescindibles en este tipo de eventos de concurrencia popular.
Los gallos nada saben de esas cosas y resulta inútil colocarlos en el rol de firmantes de promesas que no pueden cumplir.
Y que en el peor de los casos, se salda en muerte, en ceguera o en inutilidad de por vida.
Los hay que, previsoramente, huyen del teatro de terror y el gallero se ve obligado a sacrificarlos a veces antes de llegar a la casa donde lo puede esperar como castigo un terrible caldero lleno de agua hirviente.
Hay un juez de valla que garantiza las apuestas, el equilibrio, la armonía en el lugar de la gran prueba.
Pero esta autoridad no tiene control de los trucos marginales que se pudieran presentar.
Los intereses en juego suele decidir el tono y el destino mismo de la lucha.
En la gallera opera una convención, no escrita de cumplimiento general, es decir, el espíritu que regula las conveniencias de cómo hacer mejor las cosas para que los galleros no puedan alegar irregularidades, trapacerías, dislocaciones de gallos con o sin espuelas, arregladas o no.
Ahí el gallo actúa interpósito, como un tercero. Pero tiene que cumplir su rol para verse cotizado y mimado con atenciones de primera.
Obviamente, cada quien lleva su gallo lo mejor armado que permitan las disposiciones aceptadas civilizadamente por todos.
Dos criaturas se combaten a ciegas casi siempre por una hembra que ni siquiera se toma la molestia de irlos a observar calladamente y que, conforme a sus mandatos internos, no promete nada a nadie aún cuando tenga sus reservas, aún cuando, contrario a otras especies, no anda haciendo distinciones y sólo le bastan las potencias del macho.
En la gallera la palabra dada forja por lo general el reglamento principal que dirigirá el fragor de dos espuelas.
La gallera recuerda la dialéctica de la lucha de los contrarios.
Sólo puede haber, momentáneamente, dos rivales en el mismo lugar, y como declara la sentencia local, dos gallos no pueden reinar en una misma traba.
Sin embargo, con cierta ceguera decidida por celos poderosos, como si sólo quedara una gallina en el mundo, cada gallo se lanza a la destrucción del otro, sin reparar en consecuencias, armado sólo de instinto y de un indiscutible valor particular.
El combate, en el caso de ciertas otras prácticas no galleriles, sólo resiste un ganador.
La razón es que el premio no puede ser dividido, la contienda no se puede declarar desierta, hay que elegir y hay que hacerlo en el tiempo que se estime prudente y correcto.
Los combatientes no se insultan y no necesitan especialistas en muestreos de mercado ni oposiciones mediáticas y mucho menos mediaciones en razón de su condición de gallos adultos y bien criados, conocedores de la agresividad con que se tienen que jugar la suerte del gallinero.
Lo único que van a hacer inmediatamente se vean solos en la arena y frente a frente es desafiarse limpiamente de pico a pico y de espuela a espuela, desnudos, preparados óptimamente como si fuesen los dos últimos guerreros del planeta.
Ahí no importa quien cante mejor ni interesan las declaraciones a la prensa ni quien opine qué de cada gallo.
Gana el mejor por vía de las convenciones habituales que hay precisamente diseñadas al efecto.
Una convención es al mismo tiempo un convenio, un ideal de normativas para que no haya desbordamientos innecesarios.
El gallo que huya, si es que llega a proceder de tan insólita manera, no sentirá, para su fortuna, la más mínima vergüenza.
O por lo menos, no lo demostrará abiertamente aunque se esté muriendo por dentro.
En el caso de los humanos, esa actitud suele resultar catastrófica para las aspiraciones inmediatas o futuras.

