¿Morirá el concepto? (2 de 5)
Los ordenadores superarán a los seres humanos
Stephen Hawking, 2015.
El conceptismo iniciado por Sydney a través del uso prodigioso de las metáforas, pasó a España con Alonso de Ledesma y sus Conceptos espirituales (escritos entre el 1600 y el 1612, época dorada del teatro isabelino) y que, anexados a la obra de Pedro Calderón de la Barca, Baltasar Gracián y Francisco de Quevedo, creó lo que se conoce como el conceptismo español.
Este conceptismo español, sirviéndose de la polisemia, empleó profundamente un multisentido que exploraba la oposición de los significantes y las elipsis, arribando a discursos entrelazados por los juegos verbales. En La vida es sueño (1635), Calderón sintetizó lo que es y no es de la existencia en un rejuego de apariencia-realidad, tocando las puertas del mejor teatro shakespereano.
Gracián, por su parte, trató de particularizar el humor y el optimismo renacentistas con los trazos de amargura de la propia realidad ibérica.
Todo, sin embargo, apuntando hacia un concepto, hacia una metáfora vestida de escuela con el nombre de conceptismo, que es ni más ni menos una metáfora en el sentido más amplio de la palabra, y que podría unirse a otras figuras de dicción o retóricas como anacoluto, anáfora, anticlímax, antonomasia, antítesis, asíndeton, apóstrofe, calambur, clímax, símil, eufemismo, exclamación, hipérbaton, hipérbole, ironía, litotes, metátesis, metonimia, onomatopeya, oxímoron, paradoja, paragoge, paranomasia, personificación, pleonasmo, polisíndeton, quiasmo, sinécdoque, sinestesia y zeugma, son utilizadas para enfatizar, para dar fuerza a las ideas y los sentimientos, en el ordenamiento del sentido de los discursos.
A muchas de estas figuras de dicción se les llama tropos porque sirven como conexiones alegóricas, como correspondencia, como usurpadoras del sentido de una palabra, dándole a ésta —la palabra— un sentido figurado en donde la imaginación juega el rol de conector.
Podría ser que el abundante empleo de esta metáfora —el concepto— por los poetas ingleses del siglo XVII, haya influido asombrosamente en la desvinculación del vocablo latín conceptus, cuya traducción es conceptuoso (agudo, ingenioso, sentencioso), sustancia que los personajes de Shakespeare y Marlowe expiden a raudales, fugándose (a través de las metáforas) de la apariencia y la realidad; ese concepto que, transbordando los linderos de las representaciones en los siglos XVII y XVIII, instaura —como enuncia Michel Foucault— “relaciones de identidad y de atribución en los discursos” (Las palabras y las cosas, 21 edición en español, Siglo XXI, 1981).
Parecería que no y, sin embargo, lo es: es el mismo concepto, la misma metáfora, esa misma voz de dicción, lo que se mueve en un espacio de tiempo tan leve como cien años, suficientes para conmover a Kant, quien lo definió “como una representación contenida, a su vez, en una multitud infinita de representaciones posibles”, arguyendo en su Crítica de la razón pura (1781-87) “que nadie debe dudar más en pronunciarse sobre la cuestión de si el uso de los conceptos puros del entendimiento es simplemente empírico” (Citado por Edmond Goblot en Vocabulario filosófico [1945]).

