En los últimos días se ha puesto de moda el tema sobre la presión tributaria en el país, haciéndose énfasis en la cifra del 13.1% del PIB, Se considera muy bajo en comparación con los países desarrollados, para de esa forma excusar cualquier medida tendente a aumentar las recaudaciones del Estado.
Tenemos que hacer diferencias para poner las cosas en su contexto. La presión tributaria es el por ciento de las recaudaciones por vía de impuestos del Gobierno Central en relación al Producto Interno Bruto, y de éste se nos dice que es bajo porque en los países desarrollados hay una presión tributaria de 30%, 40% y hasta 60%.
Pero el cálculo de la presión tributaria que se da no incluye pagos exigidos por nuestras leyes que no son impuestos, como los pagos a la seguridad social, los pagos automáticos a entidades autónomas (Infotep, Indotel, etc.), los pagos por permisos administrativos (cabildos, Medio Ambiente…) y otros tributos no fiscales que esos países desarrollados con altas presiones tributarias sí calculan.
Adicionalmente, pasivos laborales que nuestra legislación laboral aplica a cargo de los empleadores en muchos de esos países son pagados por el Estado y cobrados por la vía impositiva, aumentando directamente su presión tributaria, pero que en República Dominicana no se cuenta a tal fin.
Como indiqué anteriormente, la presión tributaria apenas se calcula en la relación PIB contra los ingresos fiscales. En nuestro sistema impositivo, la distribución de la carga ni siquiera es valorada, ocurriendo que una reducida proporción de la población asume la totalidad de la carga tributaria. Entonces encontramos que el porcentaje de los ingresos personales que cada individuo destina al pago de impuestos puede variar desde 0% hasta 45%
Esto no ocurre en los países desarrollados, donde la presión tributaria es más justamente distribuida.
Los aumentos de las recaudaciones del Estado no pueden ser vistos a la ligera. En este país los que más gastan en pagar tributos son las mismas personas que esperamos las inversiones que eventualmente generen más empleos, pero si todo se va al erario, esos empleos no serán creados. Antes de hablar del aumento de impuestos o de la presión tributaria, debemos evaluar una gran reforma tributaria que no se centre en aumentar porcentajes a cobrar, sino en reordenar el sistema.
Hay que reevaluar el Código de Trabajo y los pasivos laborales a los fines de abaratar la contratación de nuevo personal, y así reducir el desempleo. Hay que reconsiderar la miríada de tributos que caen como castigo a sectores productivos como construcción, telecomunicaciones, turismo y producción de alcohol y cigarros. Hay que reducir las exenciones en la base imponible del ITBIS para aliviar la carga arriba e incentivar el crecimiento desde abajo. Hay que analizar nuevamente el sistema contributivo de la seguridad social y los fondos de pensiones. Hay que eliminar los anticipos y borrar el incentivo al pago en efectivo (como el impuesto sobre cheques y transacciones electrónicas), y un enorme etcétera.
Pero nada de lo anterior servirá si no se reducen los gastos del Estado. Por eso, me aventuro a decir que de este debate de la presión tributaria, nada bueno saldrá.

