En la vida de la pareja se producen discusiones por temas diversos y uno de los objetivos de ambos contendores, en esa lucha de poder, es ofenderse.
Yo le doy por donde le duele, me decía una paciente que se resiste a vivir en paz dentro de su hogar. Le recordé, en mi papel de negociador, que en nuestro medio más de la mitad de las uniones hombre-mujer se rompen antes de cumplir los cinco años.
La violencia intrafamiliar en su variedad conflicto de pareja, tiene múltiples estilos: agresión física (pescozones); agresión económica (recorte de asignaciones); agresividad gestual (la cortada de ojos, los silencios prolongados y la indiferencia sexual, entre otras muestras).
Pero quiero referirme de forma anecdótica al intercambio de frases insultantes, de las cuales veremos algunos ejemplos:
Yo no sé de qué tú privas, si todos tus familiares son locos».
Duele pues la locura sigue siendo un estigma importante.
Yo no sé de qué se la da, si entre sus hermanas dos son cueros».
Poner en entredicho la moralidad de un ser querido en términos sexuales siempre constituye una ofensa grave.
¿De qué tú te la das si el viejo tuyo fue un ladrón toda su vida?».
Aludir a la figura paterna siempre marca un grado mayor de falta de respeto en la pareja.
Tú no debieras hablar pues tú sabes muy bien por qué te botan las mujeres y por qué dos de ellas te pegaron cuernos».
La virilidad de un hombre y su capacidad para mantener fiel y adherida a una pareja es un hecho sociocultural fundamental dentro del machismo. Cuando una dama pone en relieve y de manifiesto la condición de hombre flojo de su pareja, lo está invitando a una segura ruptura.
Yo no me voy de esta casa por mis hijos, pero hace rato que yo ni pienso en ti».
El desamor manifiesto y confesado constituye un grado superior en el plano de las ofensas verbales más primitivas.
Tú eres un vago, ya estoy harta de cubrirlo todo en esta casa».
Cuando la mujer produce más que el hombre y se lo hace saber, preocupa.
Estoy haciendo un inventario de insultos y clasificándoles en: económicos, sexuales, de salud, de defectos físicos, de moralidad, familiares, etc.
Cuando una pareja llega al plano de la terapia con un historial de agresiones de esta índole, queda muy poco que hacer.
He recomendado:
a) Pasen el pestillo de la habitación y no discutan delante de los niños.
b) Aprenda a poner punto final a una reyerta y sepa pedir excusas.
c) No trate de neutralizar un intercambio verbal altamente ofensivo con dinero o con una intensa relación sexual.
d) No involucre a terceros como mediadores, a menos que sean profesionales.
Al final, los matrimonios que se salvan, quedan con heridas y rencores de por vida. Es mejor envejecer con una mala conocida, que el advenimiento de una o un vendedor de ilusiones.
No haga de la discusión ofensiva un hábito, pues generalmente es la vía segura a la muerte del amor, del respeto y del crecimiento emocional de la pareja.

