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Derecho a disentir y criticar
El compromiso aceptado más no rubricado de no criticar el trabajo de los árbitros –entre otros actores de la pelota dominicana- durante las transmisiones radiales y televisivas de los equipos que forman la Liga de Béisbol Profesional no debe verse como una mordaza, sino como la obligación de una de las partes de un convenio de trabajo.

Nadie debería escandalizarse ante esa situación, habida cuenta que la Liga está conformada por las seis franquicias actuales que imponen sus condiciones en un contrato de adhesión donde el único compromiso real del dueño es pagar el precio de servicios prestados en tiempo oportuno.

Admitir o tolerar ataques a las decisiones juzgadas como desacertadas dentro de dichas transmisiones sería para los propietarios como “afilar cuchillo para sus gargantas”, debido a que los árbitros actúan como mandatarios de aquellos al oficiar los partidos del campeonato.

Y rechazar la existencia del compromiso de no dañar la imagen del espectáculo sería una indelicadeza de marca mayor que se revertería en contra de aquellos que se revelaran desde el interior de las estructuras patronales.

Ahora bien, de ahí a interferir con la libertad individual que tiene cada persona en su accionar social hay un largo trecho y la Liga de Béisbol Profesional de la República Dominicana debe evitar colocarse en una posición de censor del pensamiento reconocido a los seres humanos de expresar libremente sus ideas sin dañar la fama ajena.

Estas notas las traigo a colación a propósito de algunas expresiones externadas en las redes sociales por el comentarista de los Leones del Escogido, José Luis Mendoza, en las cuales se refirió a la capacidad profesional de los árbitros que laboran en el actual torneo y por lo cual fue invitado a comparecer y ofrecer explicaciones ante las autoridades del organismo.

Admite Mendoza, por quien profeso admiración y simpatía que nacen de su vocación de aprendizaje y progreso, que probablemente incurrió en algunos excesos al calificar negativamente el valor profesional de esos oficiales, por lo cual ha expresado excusas valederas sin renunciar a su derecho inalienable
a disentir y criticar.

Es casi seguro que el autor de estas líneas hubiese dejado pasar por alto los errores arbitrales atribuyéndolos a la presión a la que se ven sometidos a diario por quienes abiertamente les ofrecen respaldo, pero que veladamente no soportan sus conocidas falencias y terminan enviándolos a la hoguera o la crucifixión. Sin embargo, debo a Mendoza y a otros jóvenes talentosos en crecimiento, por lo menos algún soporte moral.

Creo que la nueva administración de la Liga de Béisbol, a cargo del doctor Vitelio Mejía, ha ofrecido demostraciones de que propugna por una labor conjunta hacia el progreso de nuestro deporte rey con el concurso de todos los sectores, unos más importantes que otros.

No debe pues caer, por casos aislados, en cacerías de brujas donde éstas no existen y así evitar palos a ciegas que afecten el ánimo y entusiasmo de quienes por muchos años han sido el único sostén promocional con el que ha contado el pasatiempo nacional de los dominicanos.

El Nacional

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