Desorden pone en peligro la existencia de la nación



Con frecuencia visito la frontera sur con Haití, pero confieso que en el último viaje que realice se reforzó en mi la percepción de que enfrentamos un progresivo proceso de derrumbe del estado, que pone en peligro la existencia de la nación y sus fronteras, compromete la seguridad de las personas y sus bienes y perturba sensiblemente el orden público.

Esta percepción fue determinada por las impresiones de un solo día, relacionadas con hechos y circunstancias de la expansión de la criminalidad, la incesante penetracíon haitiana y la alarmante inseguridad en el tránsito.

Salí bien temprano en compañía de dos técnicos muy calificados, uno de ellos extranjero, y mi equipo de apoyo y seguridad.

Cuando llegamos a Baní, a eso de las 7:00 de la mañana, era ostensible la presencia policial en las calles, por lo que procedí a explicarle al visitante extranjero que dos días antes habían asesinado allí a un coronel de la Policía Nacional en un punto de drogas.

Cuando me preguntó si el narcotrafico era fuerte en la ciudad, le dije que toda la costa sur hasta Pedernales era una zona muy penetrada por los carteles, de drogas, tanto en lanchas rápidas como en aviones, y que no había comunidad importante donde no se dejara sentir de uno modo u otro.

Transitando luego hacia la famosa recta de Azua, a todos nos impresionó la chatarra que había quedado de un camión cargado de pollos que había chocado con un puente, al parecer con saldo de una persona muerta.

Al llegar a San Juan, mientras desayunábamos, intercambie impresiones con un productor de la zona que se encontraba en el Hotel Maguana. Después de hablarme de los problemas de la distribución de agua y el endeudamiento de los productores, me dijo que siguiera con la campaña del Muro, que se necesitaba con urgencia, y me refirió que ya en la provincia se estaban cometiendo robos de caballos que eran llevados en camiones a Haití para ser vendidos allá.

Contrariedad

En Hato Viejo, Bánica, a unos cientos de metros del río Artibonito, quedamos sorprendidos y contrariados. La sequía le había quitado verdor al paisaje, pero el fuego y la tala dejó devastada una pequeña colina cercana a la finca donde nos encontrábamos.

Parecía haber sido bombardeada con napaln después de nuestro último viaje. Cuando pregunté lo que había pasado, me informaron que el dueño de ese hermoso predio había muerto, y que al parecer, algún encargado había autorizado a los haitianos hacer un “bois tombe”.

Justo mientras pasaba sobre nosotros una avioneta de vigilancia fronteriza de las FFAA, una desgarbada joven haitiana caminaba con gran parsimonia con una abundante carga de leña chamuscada.
En un viaje anterior, en otro punto de la zona vimos cómo se apilaban montones de leña en la rivera haitiana del gran río insular, a plena luz del día. Fue fácil ubicar de donde provenía la tala en el lado dominicano.

El desplazamiento de los dominicanos y de lo dominicano es ostensible, agresivo, incesante. Se nota en la cantidad de haitianos que cruzan para trabajar en parcelas, pero también en los escasos dominicanos que disponibles para labores agrícolas.

En ese sitio, durante una parada ocasional ante una pequeña escuela primaria con los niños en recreo, funcionarios de Educación nos explicaron que la abrumadora mayoría de los alumnos son de familias haitianas que viven en las inmediaciones.

Medios haitianos

Conversando momentos después con hacendados de la zona, sobre la penetracíon de los medios de comunicación haitianos me dijeron que en la radio era alta pero inevitable, advirtiéndome además que en telefonía algunos comerciantes dominicanos ya tienen el hábito de tener un celular dominicano y otro haitiano, sobre todo, porque la tarifa por minuto del servicio en Haití es mucho más económica.

Ya de retorno, vi el traslado en motores de haitianos indocumentados, pero me explicaron que era de público conocimiento, burlando los controles militares con atajos o rodeos. “Ese motoconcho se paga muy bien, tal vez, el mejor pagado del país”

Ola de robos

Cuando de retorno nos detuvimos en un establecimiento de comida en Las Matas de Farfán a comer un chenchen con chivo, mientras le explicaba al técnico extranjero la visión de seguridad y de desarrollo fronterizo que venimos planteando, un comerciante se acercó a la mesa y nos denunció con angustia la ola de robo que afectaba al pueblo.

“En mi comercio me han robado cuatro veces en los últimos tres meses, una banda de haitianos y dominicanos. Usan niños haitianos. Cogimos preso a uno y la policía lo soltó. Dice que no puede hacer nada porque el Código del Menor lo impide. Diga algo”.

Después de ese testimonio escuché otro no menos chocante: otro de los comensales que me acompaño al viaje desde SJM me dijo:” el problema haitiano es grande y lo respaldo en sus posiciones, pero no crea que es mayor que el de la delincuencia.

“Mi hija estudia en la capital y la han asaltado en 3 ocasiones en la calle y en la casa. Tuve que comprarle una nueva computadora sin poder”.

A los pocos días de esa denuncia de la ola de delincuencia en Las Matas, oí la noticia de que una señora muy querida fue asesinada por un haitiano para robarle.

Nos detuvimos cerca de SJM para ver cómo funcionan las maquinarias de procesamiento de granos. Y en la conversación vino a colación las dificultades y dilaciones de los permisos para importar equipos y tecnología.

De modo espontáneo, un conocedor profundo de la zona que ocasionalmente escuchaba lo tratado dijo: “pero si eso se les complica mucho, se puede traer por Haití, es mucho más fácil”. Con curiosidad pregunte si eso era realmente así: “como usted lo oye”.

Pensé que al dejar el Valle de San Juan el retorno sería tranquilo pero no fue así: ya de noche, el trayecto estuvo cargado de crispación y sobresaltos tanto por el elevado número de vehículos pesados y la obscuridad de la vía, como por la sensación de aplastamiento que trasmite la alta velocidad y temeridad con que circulan.

Confieso que es pavoroso ver dos patanas compitiendo o una guagua atestada de pasajeros correr como alta velocidad.

Vigilancia vulnerable

Pero, sin dudas, la sensación más extraña fue la que sentí al llegar a los límites de Azua y Peravia, ahí se encuentra la flamante estructura de seguridad, construida a partir de furgones, recién inaugurada por el Gobierno con el título rimbombante de Puesto de Chequeo Fuerza de Tarea e Interagencial Los Pilones.
Fue definido como “una unidad modelo por excelencia para la prevención, combate y persecución de las acciones ilícitas en la región fronteriza suroeste” desde donde se controlarán un sistema de drones con visión nocturna”.

Al pasar, estaba en penumbras… y comentamos que si esa estructura de furgones no se blindaban adecuadamente resultaban muy vulnerable. Y surgió una interrogante: ¿ por qué fue ubicado ese punto de control- como el de Jicomé en la Línea Noroeste-, en un sitio tan distante de la frontera acordada por el acuerdo de 1929 y el protocolo de revisión de 1936? ¿Es que, acaso, eso forma parte de la decisión de entregar las provincias fronterizas al esquema del tercer espacio insular binacional gestionado por intereses privados y foráneos?

¿Es que proyectan como un hecho irreversible la tendencia al desplazamiento de la población y la cultura dominicanas por la haitiana, con una frontera abierta? ¿Es que hemos retrocedido a 1844 y las líneas de defensa estratégica volvieron a Azua?