Ha pasado tanto tiempo, y tantas vueltas y revueltas desde 1969, que poca gente recuerda los hechos y circunstancias en que Muamar Gadafi inicio su largo reinado en Libia.
Y para las nuevas generaciones, las mismas que subvierten hoy al mundo árabe armados de Twitter y BB, la imagen del liquidado coronel tenía pinta de un muñeco aparecido, traído a escena de modo arbitrario porque no se les parecía a ningún otro político del siglo 21. Era, como los pistoleros del western Bud Cassidy y Sundance Kidd, un residuo intruso en un nuevo orden jalonado por la tecnología y las juventudes.
Pero, hacía tiempo que el altivo Coronel nacionalista y solidario de los años 70 había muerto. Solo quedaba su metamorfosis: un riquísimo monarca extravagante, teatral, con sastre italiano exclusivo, amante del oro puro y que disfrutaba recibir a sus invitados bajo carpas beduinas en medio del desierto.
Su discurso de febrero último, a raíz de las primeras insurrecciones en Bengazhi, fue una señal dramática de la profunda enajenación del coronel. Parecía una fatua talibán repleta de insultos, amenazas y sentencias de muerte a los opositores.
Era un grandísimo contraste con el Gadafi de los años 70, aquel que inspirado en un nacionalismo de corte nasserista (de Gamal Nasser) dirigió una profunda transformación económica y social que incluyo la nacionalización de las empresas petroleras en manos de potencias occidentales y la eliminación de bases militares extranjeras.
Gadafi, apoyado en las enormes rentas petroleras financió amplias políticas sociales y de empleo que convirtió a Libia en una nación moderna y destino de miles de inmigrantes africanos y de otros lugares.
Pero, en estas nuevas complejidades geopolíticas del 2011 Gadafi no pudo advertir que cuando su jefe de protocolo, Nuri Mesmart, disertaba en París en octubre del 2010, en realidad había caído en las redes del servicio de inteligencia francés. Francia, Estados Unidos y el Reino Unido armaron rápido un amplio programa de conspiración que terminaría llevando al Coronel a donde está: enterrado en el desierto como fiel beduino.
¿Motivos? Nada que ver con libertad ni democracia Lo veremos.
