Juan el Bautista tiene el mérito envidiable de haber bautizado a Jesús, de quien era pariente, pero su grandeza de profeta quizá no le permitió vislumbrar la asociación de su nombre con una infinidad de ritos que circulan de un continente a otro.
La mayoría de las ceremonias se asocian con el agua, usada como elemento de sanación. Durante siglos, en muchos pueblos del país y América, la gente se ha levantado tempranito, un día como hoy, para lanzarse al mar, o al río, quienes no son costeños, para espantar maleficios y atraer la felicidad.
La fiesta de San Juan comienza en algunos lugares en la víspera. Se denomina la Noche de San Juan, a ese momento de espera, el 23 de junio, para a partir de la media noche aprovechar las manifestaciones del santo y emprender la vida con mayor entusiasmo gracias a las energías mágicas.
Evitar el sueño es tal vez el beneficio más común de echarse al agua en la Noche de San Juan, y en algunos casos en la mañana.
En Miches y Boca Chica es día de corrida intensa de caballos. Otros, incluyen juegos y competencias.
Magia, mitos y leyendas son abundantes para festejar a un hombre cuya cabeza fue pedida en regalo al rey Herodes por una bailarina. El rey, satisfecho con la actuación, la complació.
Antes, el profeta enrostró al tirano que vivía con la mujer de su fallecido hermano, lo que no es lícito. Algunos pintores han concebido la imagen del Bautista, precisamente con la cabeza cercenada.
Gente de pueblos, y hasta de la capital, recuerda la inusitada invasión de mariposas amarillas el día de San Juan, pero ahora nadie sabe dónde éstas fueron a parar, las cuales aprovechó y retuvo el colombiano Gabriel García Márquez en Cien años de Soledad.
Juan el Bautista, hijo de Isabel y Zacarías, ha sido llamado el Precursor del Mesías, porque su prédica consistió en anunciar a Jesús, de quien dijo: No soy digno de desatar sus sandalias.
Bautizó con agua, pero advirtió que luego vendría alguien que bautizaría con Espíritu Santo y fuego. Los mitos en torno a su figura se van esfumando, tal vez para reforzar la condición profética de quien proclamaba: Yo soy la voz que clama en el desierto.

