Julio César Castaños Espaillat simboliza la honestidad y dignidad. Paladín del derecho y del profesorado universitario, honra de la Patria. Debería eternizarse su figura, designando la avenida Winston Churchill con su preclaro nombre.
Conocí a este paradigma de la moral y la intelectualidad en 1958, cuando cursaba estudios en la facultad de Derecho de nuestra gloriosa Universidad de Santo Domingo, donde él impartía cátedras magistrales de Economía Política, Derecho Romano y Civil, y me impresionó gratamente ese ruiseñor de la enseñanza. Al decir el gran Emerson, el hombre que hace de las cosas difíciles parezcan fáciles, es el educador.
Con este cíclope, entablamos una sincera y emotiva amistad.
El doctor Castaños Espaillat contribuyó poderosamente a mi formación profesional, junto al también insigne profesor licenciado Manuel A. Amiama, pues me tomaron cariño y yo les quería demasiado, ya que en esa ocasión trabajaba en la universidad como bibliotecario y ellos asistían a consultar, buscar y leer libros, teniendo la honra de ser quien les atendía y hacía llegar los mismos a sus trémulas manos.
Recuerdo que la honorable esposa de tan virtuoso educador, y quien esto escribe, nos sentábamos cerca, pues era estudiante, graduándose de abogada aunque, dada la estatura y ética del profesor Castaños Espaillat, cuando a ella le tocaba examinar las materias que él impartía, éste se inhibía, y otros profesores eran quienes la examinaban. ¡Cuánta estatura y grandeza en la vida de este jurisconsulto cuyo nombre se debe glorificar! también debe haber un busto en homenaje a él y al profesor Amiama, en nuestra Alta Casa del Saber.
Al graduarme de doctor en Derecho visitaba frecuentemente la residencia de mi profesor, en la calle Antonio Maceo, pues le consultaba temas e iba a continuar nutriéndome de su sapiencia. Allí conocí a sus hijos, entonces niños y adolescentes, hoy connotados ciudadanos, del país, doctores Julio César Castaños Guzmán, Servio Tulio Castaños Guzmán y a Julio, talentoso médico.
Castaños también me enseñó a repudiar las injusticias y los abusos de poder.
Siendo Procurador Fiscal de San Cristóbal, en 1963, recibí la sorpresiva visita de tan ilustre mentor, quien fuera a consultar un expediente del que era parte civil. Al verlo, me emocioné, y de mis ojos brotaron lágrimas de alegría. Él me dijo: Magistrado, en la UASD yo fui su profesor, ahora tráteme como abogado en ejercicio, cumpla con su deber, jamás me favorezca y aplique la ley.
¡Cuánta civilidad, honorabilidad e integridad en este erudito, quien falleció a destiempo, pues si estuviese vivo hubiera ocupado la Presidencia de la República. Fue Procurador General, Rector Magnifico de nuestra universidad, Secretario de Estado de Educación, gloria y escudo de la intelectualidad, prócer de la honestidad, apóstol de la enseñanza.
¡Cuántos Julio César Castaños Espaillat hacen falta hoy en la Patria de Duarte, Sánchez y Mella, porque supo conquistar amor, admiración, credibilidad y lauros inmarcesibles!

