UBI RIVAS
Entre la docena y pico de libros, folletos y esbozos escritos alusivos al único Padre de la Patria, Juan Pablo Duarte, la de Orlando Inoa, Letra Gráfica, 2008, es la que describe con perfiles más verídicos y humanos de todas, exenta de la grandilocuencia y el sesgo novelístco de las precedentes, al exclusivo dominicano epocal que con firmeza hasta el final consideró y entendió la viabilidad de una República Dominicana libre é independiente.
Orlando Inoa trata en su obra de 255 páginas al Padre de la Patria en su peculiar contexto, comenzando por la portada de su Biografía de Juan Pablo Duarte, presentando la única fotografía existente del patricio, captada en Caracas, un año antes de morir, el 15 de julio de 1876, a los 63 años, por el fotógrafo Próspero Rey.
A esa edad, que no es la madurez, pero tampoco tan próximo al final de las facultades motoras y síquicas de un ser humano, Duarte luce como si tuviera 20 años más, con un traje y leontina que más bien parece de los que usan los estudios fotográficos para los que carecen de uno y de otro, identificando la indefensión económica que fue una desgracia constante en la vida del Patricio, como las persecuciones y traiciones que padeció.
Primero de Charles Hérard Riviere, luego del general Pedro Santana, los Trinitarios, inclusive Sánchez y Mella, y finalmente el olímpico desdén de los Restauradores, que no ponderaron su oferta de colaborar con la causa que produjo la instauración de la Segunda República en 1865, y le endosaron una cuestionable misión de hacer de conocimiento de Venezuela y Colombia el renacer de la República, ardid sutil de “sacarle el pié”.
El traumático, lacerante y empinado tránsito vital del Patricio Insigne, es el rosario de una cadena miserable de traiciones, empezando por el nefasto ministro universal, Tomás Bobadilla y Briones, a quien el Patricio identificaba como “Pandora”, en alusión a la mítica deidad que al abrir una caja desataba toda suerte de calamidades, Justificando lo injustificable del protectorado, Bobadilla expresa;
“La Francia, señores, es liberal, ella tiene intereses directos en este país, ella ostenta una protección benévola a la libertad y a la humanidad.
El general José María Imbert, apoya el protectorado atendiendo a que nació en Fudlon, Francia, en carta a la Junta Central Gubernativa desde Santiago del 13 de junio de 1844.
Bobadilla apostrofó a Duarte de “joven inexperto, que lejos de haber servido a su país, jamás ha hecho otra cosa que comprometer su seguridad y las libertades públicas”, en presencia del trinitario Juan Nepomuceno Ravelo, el febrerista Manuel Jimenes y el héroe de Sabana Larga, general Juan Luis Franco Bidó, que compelidos por las circunstancias, callaron…
En una proclama posterior a julio 1844, el mayoral de El Prado, primer mandón y providencial nefasto de la naciente República, general Pedro Santana, escribía, seguro que de la cosecha repudiable del Ministro Universal, Tomás Bobadilla y Briones.
“Cuando el 14 de julio, vacilante la Patria por las aspiraciones criminales de Juan Pablo Duarte y consortes, pusisteis en mis manos las riendas del gobierno y me honrasteis con vuestra confianza”, cita del historiador Leonidas García Lluberes, Crítica histórica: 193.
En una proclama al Cibao el 26 octubre 1844, el general José María Imbert, uno de los jefes de la mítica “batalla” del 30 de marzo de 1844 en Santiago de los Caballeros, uno de los embustes más grandes de nuestra historia patría, nunca cuestionado por ningún historiador, se declaró enemigo de Duarte, porque su convencional, no conviccional adhesión, lo vinculaba a
El 22 de agosto de 1844, el general Santana, con el soporte del incipiente poder económico hatero y maderero a quien el Patricio definió orcopolitas, habitantes de los infiernos, declaraba traidores a la patria a Duarte, disponiendo su destierro a perpetuidad, junto a Ramón Matías Mella, Francisco del Rosario Sánchez, Pedro Alejandrino Pina, Juan Isidro Pérez. Gregorio del Valle, Juan Evangelista Jiménez y Juan José Illas.
El Patricio se encontraba en esos momentos aciagos errante en los entonces bosques de Cabarete, Puerto Plata, refugiándose en la casa campestre del hacendado Pedro Duboq, en Jamao Al Norte, donde fue identificado por la confidencia de otro traidor, apresado por el comandante de Puerto Plata, general Antonio López Villanueva, que proclamó poco antes a Duarte Presidente de la República, ahora al servicio de Santana, conducido a Puerto Plata por el general Pedro Ramón de Mena, anterior delegado de la Junta Central Gubernativa, y entregado al almirante Juan Bautista Cambiaso, otrora secundador de Duarte, fundador junto al almirante Juan Alejandro Acosta de nuestra arma del mar, y condujo engrillado a Duarte a la Torre del Homenaje en la fortaleza Ozama.
Pedro Duboq abandonó posterior su adhesión al Patricio excelso, por las comprensibles presiones del entorno político asfixiante que surgía del poder orcopolita santanista.
Preso en la Torre del Homenaje, el general Santana, en una más de sus reacciones abyectas, organizó una turba que pedía a gritos desde la calle Las Damas, la cabeza del iluminado pionero en esbozar la tesis de una República libre, é independiente.
Abraham Coén, dueño de la goleta La Leonor, se apresuró a conversar con Santana, ante los rumores de que planeaba fusilar a Duarte, convenciéndolo a deportarlo, que Santana dispuso a Hamburgo, Alemania, donde en esa época del año el frío no es tolerado por un caribeño sin enfermar.

