La primera vez que conocí a Hillary Clinton fue en la década de los ochenta. Ella estaba de visita en Texas con su esposo, Bill Clinton, el entonces gobernador de Arkansas. Trabajaban en el registro de nuevos votantes. No puedo decir que en ese momento visualicé en ella un futuro brillante. Pero hoy, al mirar hacia atrás, recuerdo que aún en ese momento estaba trabajando para garantizar que las voces de más estadounidenses se pudiesen sentir a través de las urnas electorales.
Aunque Hillary era de Illinois y había estudiado en el noreste de los Estados Unidos, había seguido a su esposo al estado de Arkansas para apoyar su carrera política. Mientras él se dedicó a la política y fue electo gobernador de Arkansas, ella se dedicó a su carrera de abogado. Se convirtió en la primer mujer asociada y, luego, en la primera socia del bufete de abogados Rose LawFirm, en Arkansas. Este bufete es el más viejo de todos los bufetes estadounidenses ubicados al oeste del Río Mississippi. Tiempo después ella ganaba más dinero que su esposo, el gobernador. A Hillary le gusta contar la historia de cómo, en ese entonces, se quedó sorprendida, y un poco molesta, por el hecho de que pese a sus éxitos profesionales y buenos ingresos, como mujer necesitaba que su esposo firmara como co-signatario una solicitud de ella para obtener una tarjeta de crédito. Definitivamente que algunas cosas tenían que cambiar.
Cuando Bill Clinton fue electo presidente, Hillary lo siguió a Washington. Rápidamente se dio a conocer como una figura política importante, encabezando el movimiento a favor de la reforma de salud. Habló sobre los derechos de la mujer alrededor del mundo en la Cuarta Conferencia de las Naciones Unidas Sobre la Mujer, celebrada en Beijing. El momento que a mí más me impresionó fue cuando ella, como Primera Dama, pronunció un discurso en la Conferencia del Consejo Nacional de la Raza en el 1998. Cautivó e inspiró a los asistentes. La educación es la clave para una mejor vida, dijo. Es una inversión en el futuro. No podemos forjar el futuro sin la educación. Su discurso resultó ser el momento más luminoso de la conferencia, y en ese momento entendí que yo la apoyaría donde quiera que ella se decidiera desarrollarse. En abril del año 2007, yo apoyé públicamente la candidatura de Hillary Clinton por la presidencia, indicando que durante más de tres décadas ella había trabajado a favor de las personas invisibles en los Estados Unidos de América. Fue la primera vez en mi carrera que públicamente apoyaba un candidato presidencial. Fui el co-presidente nacional de su campaña y presidente del movimiento hispano de su campaña. Fue una campaña dura, y cuando sus esfuerzos no prevalecieron se unió a la campaña presidencial del entonces Senador Barack Obama. Más adelante, como Secretaria de Estado durante el primer período del Presidente Obama, y mi jefe, dejó su sello en la política exterior de los Estados Unidos al más alto nivel.
Esta es la primera vez en dos décadas que Hillary Clinton no está en el centro de los acontecimientos en Washington, D.C.: ocho años como Primera Dama, ocho como Senadora Estatal por Nueva York ante el Congreso y los últimos cuatro años como Secretaria de Estado. Pero, aunque en estos momentos no ocupa cargo alguno, los políticos y analistas en Washington ya están conversando sobre sus posibles planes para el 2016. James Carville, un activista político de larga data, recientemente le dijo a un reportero: Si existe un demócrata que no quiere que ella sea candidata [a la Presidencia], yo no lo he conocido.
Como Embajador, mis opiniones políticas nacionales no son para el consumo internacional. Pero, no importa lo que Hillary decida hacer en el 2016, algo queda muy claro. La mujer que una vez necesitó la firma de su esposo para solicitar una tarjeta de crédito ha llegado a firmar acuerdos a favor de los Estados Unidos, y es posible que algún día se encuentre en la Casa Blanca firmando proyectos de leyes.
