Opinión Articulistas

El cambio como constructo

El cambio como constructo

Efraim Castillo

Vale la pena morir por este país? ¿Por cualquier país? En las luchas que a menudo establecemos en nuestro interior tratamos de olvidar lo que somos, lo que realmente importamos y nos exaltamos ante lo que valoramos como Patria, especulando si la muerte por ella es heroísmo o pura simplicidad. Por eso, la matriz creada por Gauguin al descubrir seres desnudos y felices en el Pacífico, se convirtió —para él— en una ideología. Pero, ¿es así, con ideologías, como podremos integrarnos a la existencia plena, al marco de lo vivo para trascender?

¿Qué es todo, entonces, sino un subsistir, un estar debajo de la propia existencia y constituirnos en una anomalía entre el ser y su ontología? Cuando el día se quiebra por algún motivo fortuito y sobrevienen las frustraciones, se desintegran las vivencias apoyadas en las ideologías y emergen las preguntas de si valdrá la pena hacer esto o aquello y, ni a fortiori, se buscan salidas dogmáticas o razonables.

¿Llegaremos a entender que el cambio es un zigzag de esencias que siempre se niegan a cambiar? ¿Tendremos que estrujar la memoria para comprender que los continuos, los ritmos, son los que estructuran los discursos históricos? ¿Comprenderemos que los políticos han convertido —para su conveniencia— el término cambio en un constructo para usarlo electoralmente y aprisionarnos en el statu quo? ¿Entenderemos que el término cambio, como constructo, es una etiqueta? Por eso, es imposible negar las constantes pisadas, las huellas que permanecen silentes y las escaramuzas húmedas que terminan en sangre y seres pisoteados.

Después de todo, nadie estará a salvo de las engañifas y los programas reinventados; ni siquiera los buscadores de brillo, esos oportunistas que se guarecen siempre del poder como larvas de estercolero.
¡No, que nadie me hable de doblegar mi espíritu en pos de constructos sociales; que nadie me hable de la libertad como una trascendencia del ser; que nadie me grite sobre la necesidad de permutar a Dios por el hombre! La libertad podré obtenerla cerrando los ojos y proyectándola en mis sueños.

Cada ser, así, obtendrá la recompensa de un trascender soñado, internándose en la utopía, en la creación de una felicidad imaginable, justo allí en donde de nada valdrán las proclamas de los canallas que socaban la resistencia a ser programados para quebrar la entereza. ¡No, que nadie, absolutamente nadie, me encasille como conditio sine qua non en una ideología de primera o tercera!

Me subrayo en Kant como un alerta para rechazar el canon paternalista, ese que nos imponen los grupos hegemónicos para continuar sus fechorías: “Nadie puede obligarme a ser feliz a su manera” (1784). Mi felicidad es un albur, una mescolanza de hieles y mieles en donde las risas y las lágrimas cimentan la salsa de la melancolía, de los goces, de los apegos y los desencuentros. Mi felicidad es un torbellino que se apaga y aviva a través de placeres y penurias, de sobresaltos y frustraciones, no de constructos.