Opinión

El Congreso

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Pregunté por Facebook qué podríamos hacer en el local que hoy ocupa el Congreso, y la respuesta mas creativa y menos agresiva fue que debemos regalárselo al Ministerio de Cultura para que lo convierta en el Auditorio de las Orquestas Juveniles.

¡Qué maravillosa idea!

La primera vez que vi una orquesta juvenil fue en Cuba.  Estaba conformada totalmente por jóvenes negros, quienes también visitaban los barrios para dar talleres sobre sus instrumentos específicos.  No se imaginan el asombro de los jóvenes populares cuando veían a uno de ellos tocando el violín, o el clarinete, y cuando escuchaban por primera vez una pieza de Mozart o de Vivaldi y descubrían que la “música de muerto” podía ser profundamente alegre.

En el público de ese concierto había padres y familiares de los  músicos.  Eran obreros de todas las denominaciones, estibadores, amas de casa, policías, y el orgullo que sentían les rodaba por las mejillas a cántaros.  Yo también lloraba.

La segunda vez que vi una orquesta juvenil fue en un video de la boliviana Kitula Liberman.  Se trataba de muchachos y muchachas de El Alto, en La Paz, un pueblo  marginal que ha crecido alrededor del aeropuerto, antes de bajar a la ciudad por un gran caracol que termina en su centro.  En ese video también había imágenes de los padres y familiares, extasiados frente a algo que creían imposible, el encanto de la música clásica para las masas populares.

Hace un par de siglos  los indígenas paraguayos, organizados por el monje jesuita Domenico Zippoli, demostraron con sus arreglos corales propios del barroco, no solo que tenían alma sino que cantaban como ángeles.  Y ¿se imaginan cómo sonarían las voces de los jóvenes de La Barquita, Capotillo, Mata Hambre, La Ciénaga, en el Auditorio del Congreso?

Cuando observo las marchas hacia el Congreso y escucho a la gente demandando a senadores y diputados que presten atención a sus causas, sean estas contra la minería abierta y su daño al medioambiente; que no se condene a niñas y jóvenes a la muerte mediante la condena al aborto terapéutico; que se condene a los responsables del hoyo fiscal; o que se solucione el déficit rebajando salarios de lujo y revocando inmerecidas pensiones; me doy cuenta de que no entendemos que los y  las congresistas son servidores públicos, pagados por nosotros y nosotras.

Es por eso que, en vez de marchar hacia el Congreso, lo que hay que solicitar es que el presidente se ahorre los salarios de diputados y senadores, y sus respectivos barrilitos, cerrando el Congreso; primera medida de cambio  real en Venezuela, no por coincidencia la gran madre de las orquestas juveniles.

El Nacional

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