El teatro es un largo viaje, a veces indefinible en sus meandros, o puede ser un monstruo insaciable que demanda cada vez más de esperanzas y esfuerzos, o un campo fértil para dejar que vuele la imaginación, a partir de talentos y recursos.
En oportunidades, como ahora, hace de las suyas, y entrega experiencias que dejan al público sembrado en los asientos, tras el discurso del parlamento, tras la música y la luz, luego que las cortinas han cubierto la impecable escenografía.
Uno de los acontecimientos sorpresas que nos reserva el teatro es El Diario de Ana Frank, una presentación histriónicamente multigeneracional, que concentra talentos conocidos y aplaudidos y figuras juveniles, desconocidas hasta el momento presente.
El montaje producido y dirigido por Antonio Melenciano supone, en primer término, la entrega estética más elevada que ha aportado a la escena dominicana, debido a la densidad del tema y a los recursos que despliega y que se concretan en un elenco que aceptó la responsabilidad, una acertada selección de quienes fueron responsables de la dirección de arte y recreación de época, la escenografía de multiniveles y la iluminación.
La experiencia de El diario de Ana Frank es un precedente en el teatro criollo que revela la valentía de un hombre y el arrojo de un grupo de artistas.
Está presentándose en el Palacio de Bellas Artes.
UN APUNTE
Bronia Krauser
Una señora judía, superviviente del Holocausto, acompañó todo el proceso de montaje asesorando en ciertos detalles. Bronia Krauser fue presentada al final del montaje por Antonio Melenciano, y utilizó los minutos de su alocución al público para solicitar que nunca más se repita en la humanidad, un episodio de matanza colectiva, motivada en el racismo, como la de los nazis de la Alemania supremamente Aria.

