Antonio era negro como la noche, y sus ojos asemejaban dos luceros en el cielo, en momentos en que nadie veía nada en la oscuridad. Lucía lo había criado desde pequeño, cuando su madre, una haitiana envejecida, lo dio con aquella excusa vana e injusta, de que no tenía para alimentarlo. Ella entonces lo tomó, con la ilusión de que éste sustituyera el vacío dejado por sus hijos que ya eran grandes y se habían casado dejándola sola. Por eso lo mimó y crió con tanto cariño. Lo bañaba como si fuera un pedazo de cielo que quisiera cuidar impecable. Y por eso, cuando un buen día lo sintió desfallecido sin motivo alguno, lo llevó al médico y descubrió que sufría de azúcar y sus cuidados debían ser más de los que ya acostumbraba. Fue en esos días, meses y años, cuando de repente comenzó a ver crecer aquella barriga, en un cuerpo demasiado delgado. El negrito Antonio, ya solo comía y dormía… comía poco, dormía mucho, A veces dormía Lucía junto a él, temiendo perderlo durante la noche. Y fue una de esas noches en que tendida junto a él en la cama, sintió de repente que ya no estaba su cuerpo allí. Pasó sus manos mil veces por su almohada y solo sintió un inmenso frío, como si nunca hubiera estado allí. Se levantó y lo vió en la cocina urgando en gavetas, y escondida vio como, del lugar en el que había metido sus manos sacaba una funda de azúcar y tomaba por cucharadas desesperado. Luego la guardó, limpió su boca y regresó a la cama sin darse cuenta de que estaba descubierto. Tenia dulces en su almohada, debajo de su cama, en las gavetas y en sus bolsillos. Un buen día despertó Lucía descubriendo que el cuerpo extremadamente delgado de Antonio, ya no respiraba. Su barriga muy grande ya, pareció dejar de brillar. La boca estaba llena de granitos de azúcar y los ojos, cerrados, parecían contentos de dejar el mundo. Lucía, triste, despidió su cuerpo y se preparó, ahora de verdad, a arreglárselas con su soledad.

