El presidente Mon Cáceres sabía que lo matarían pero no hizo nada para evitarlo



Es probable que también la caída del héroe mocano haya sido la crónica de una muerte anunciada, tal cual reza el título de una apasionante novela que en el curso del mismo siglo XX, aunque muchos años más tarde, escribiese Gabriel García Márquez, el laureado novelista colombiano; por supuesto, respecto de otra historia.

Porque el presidente Ramón Cáceres Vásquez tuvo temprano conocimiento de la conjura. Mas no movió un dedo para apresar a los señalados participantes en este dramático final de su existencia.

La historia del magnicidio comenzó con el inicio mismo de su gobierno. El general Luis Tejera deseó encabezar las fuerzas militares en el gobierno del general Cáceres. En cierta medida ayudó al apresamiento y posterior deportación del presidente Carlos Morales Languasco, del cual Mon era vicepresidente, fruto de la coalición de horacistas, jimenistas y restos de otros grupos politiqueros con los cuales iniciaba el siglo XX.
El presidente Cáceres no quiso designarlo en esas funciones cuando Morales Languasco, al conspirar contra sí mismo para deshacerse de la coalición, fracasó en su intento y resultó desalojado por su propia artimaña.

El presidente Cáceres tuvo tres razones para no escoger a Tejera. Él mismo quería ser el último de los mandatarios ligados a la montonera. Expresión expuesta ante muchos, durante varios años, es que deseaba que en la poltrona presidencial se sentasen dominicanos como Francisco Henríquez y Carvajal, Velásquez Hernández o Francisco José Peynado y otros prohombres como éstos. Citaba sus nombres y, por cierto, cada vez que le proponían sustentar su candidatura en 1912, daba la negativa como respuesta.

Poco antes de caer debido a los disparos de los conspiradores y asesinos, en una confrontación con don Federico Velázquez Hernández, admitió lo impolítico de hablar del tema en forma pública debido a la imperiosa necesidad de llevar adelante las políticas de ingresos debidamente recibidos y gastos e inversiones, tal cual ambos venían ejecutándolo desde 1905.

Pero le advirtió a su Ministro que cedía, no porque hubiese modificado su pensamiento, sino únicamente debido a su inclinación y personal deseo de dar sustento a la política de control de los ingresos y de los gastos públicos, conforme lo había determinado.

Mon desdeñó la escogencia de Tejera, además de la razón señalada, porque nombró a otros dos Tejera, el padre y un hermano de Luis, en cargos ministeriales. La tercera razón no la confesó nunca en público.
Aparecer, en cambio, en los textos de las comunicaciones escritas enviadas a su madre Remigia y sus hermanos, sobre todo a Arquímedes.

El joven Tejera le lucía de escaso juicio, lo cual ni se avenía con su carácter ni con el compromiso hecho consigno mismo, de dotar a la República de un Gobierno austero, equilibrado ante todas las fuerzas políticas, sociales y económicas y promotor de la educación, como estaba él comprometido y realizándolo.
No quiso apresar a los señalados conspiradores, no porque desconociese sus maquinaciones, sino por su modo de ser. En cierto modo, deseaba atraparlos infraganti, no basándose en denuncias ni comentarios del chismorreo político.
Por eso, cuando Plutarco Mieses le pasó la lista de cuantos se reunían en la propiedad de Pedro Marín, agradeció la información si bien desechó iniciar con ello una persecución contra los conjurados.

Por supuesto, de Luis Tejera conocía sus inclinaciones. Pero lo había probado como hombre, en un lance de cinco años antes. Entonces contempló al joven brioso, capaz de una acometida brutal, asesina, pero bajo determinadas condiciones. Lo desechó, por consiguiente, como hombre bravo.

Pero la información de Mieses no hablaba únicamente de Tejera. Se refería a un plan para interceptarlo un domingo en el paseo por la nueva vía junto al mar, hacia el Oeste. Abierta bajo su administración, pasaba junto a propiedades como la de Marín, los Peynado, Santiago Michelena y otros grandes propietarios, frente al mar.

Se reunían casi todos los domingos y, frente a quienes no admitían el magnicidio, sostenían que la acción se limitaría a un secuestro.

Con el Presidente Cáceres apresado y escondido, podrían pactar la entrega del Gobierno o una participación en el mismo.

El domingo 19 de noviembre de 1911, Tejera invitó a un sancocho. Presentes se hallaban Augusto Chotín, Jaime Mota hijo, José Pérez Morales, Julio Pichardo, Pedro Andújar, Wenceslao Guerrero, Esteban Nivar, Raúl Franceschini, Porfirio García Lluberes, Enrique Aguiar y empleados de Tejera.

Al pasar la victoria, el presidente Cáceres pudo contemplar a varios armados y escondidos detrás de palmas y arbustos. No puede negarse su preocupación. Apenas marchaba con el auriga y el coronel Ramón Pérez, quien, por cierto, se escondió desde el inicio de la balacera por parte de los conjurados, reapareció poco después, cuando el auriga, José Mangual, con el presidente Cáceres herido, se abría paso rumbo a la vivienda de la familia Peynado.

La esposa y la madre de don Julio, salen a socorrer al cochero y al mandatario y se enfrentan al grupo. Pero ya era tarde, el presidente Cáceres entra en fase de agonía.

BIOGRAFIA

Ramón Arturo Cáceres Vásquez (Mon Cáceres) fue un político, presidente y ministro de Guerra y Marina de la República Dominicana. nació en Moca el 15 de diciembre de 1866 y fue asesinado el 19 de noviembre de 1911, por un grupo ligado a los horacistas, dirigido por el general Luis Tejera.

Ocupó la Presidencia de la República desde el 12 de diciembre de 1906 hasta el 19 de noviembre de 1911. Hijo de Manuel Altagracia Cáceres y Fernández y Remigia Vásquez Lizardo.
Durante su mandato confirmó el protectorado estadounidense y el llamado modus vivendi, que caracterizó las relaciones con los Estados Unidos.