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El Quijote visto por Saramago

El Quijote visto por Saramago

Son palabras del Nobel José Saramago en el prólogo del libro “Don Quijote de la Mancha: Antologia anotada”, que antecede a la más universal de las obras de la literatura española. El objetivo de la obra es servir de iniciación a aquellos que se acercan por primera vez a esta monumental novela mediante la unión de pasajes, aportando de esta forma una visión de la totalidad de la obra maestra de Miguel de Cervantes.

Dice Cervantes, el famoso y  nunca asaz leído autor de este libro, nada más empezar su cuento, que un cierto hidalgo de La Mancha de nombre Alonso Quijano, hombre de escasos haberes a pesar de la relativa nobleza de su condición, había perdido el juicio por efecto del mucho leer y mucho imaginar. Es cierto que las palabras que escribió Cervantes no fueron esas exactamente, pero unas y otras, como se vera, acaban llevando al mismo punto. De hecho, entre el «poco dormir y el mucho leer», que fue la razón dada por el autor para que a Quijano se le hubiese secado el cerebro, y el «mucho leer y mucho imaginar», la diferencia no es grande.

Quien lee, imagina, y si, por mucho leer, poco duerme, es evidente que va a tener más tiempo para imaginar. Verdaderamente, no creo que conste en los registros psiquiátricos memoria de que alguien se haya vuelto loco por haber leído, aunque mucho, y por haber imaginado, aunque en exceso.

Al contrario, leer e imaginar son dos de las tres puertas principales (la curiosidad es la tercera) por donde se accede al conocimiento de las cosas. Sin antes haber abierto de par en par las puertas de la imaginación, de la curiosidad y de la lectura, (no olvidar que quien dice lectura, dice estudio) no se va muy lejos en la comprensión de uno mismo y del mundo.

Pero si Cervantes afirma tan perentoriamente que Alonso Quijano perdió la razón, así está escrito con todas las letras, no se puede negar ni arrancar la pagina. Esto quiere decir que Don Quijote de la Mancha, en resumidas cuentas, no es nada más que el loco de Quijano, y que, por tanto, sin la locura del insignificante hidalgo rural nunca el caballero andante habría existido.

Pregunta la curiosidad: «(Podría Cervantes haber hecho vivir al sobrio y pacifico Alonso Quijano las atribuladas aventuras que le esperan al justiciero Don Quijote?».

La respuesta solo puede ser: «Sí y no». Será «sí» porque, obviamente, una tal decisión seria la consecuencia lógica y natural de la libertad que a cualquier autor asiste de hacer lo que crea conveniente con sus personajes, pero, al mismo tiempo, tendrá que ser «no» porque probablemente las personas de aquella época se negarían a admitir que alguien en su sana juicio anduviera en asuntos de caballerías por esos mundos de Dios, dando y recibiendo lanzadas a cada paso, -para su infortunio mas recibiendo que dando-, haciendo oídos sordos a la sabia prudencia de los consejos de Sancho Panza, su fiel escudero y, como se vera al final del cuento, su único y verdadero amigo.

No cree que sea demasiado atrevimiento imaginar a Cervantes dándole vueltas en la cabeza sin saber como empezar la increíble historia que quería contar y llegando luego a la conclusión de que solo existía una manera, una sola, para convencer a los futuros lectores de que tenían que aceptar sin mayores exigencias los comportamientos delirantes de Quijote, y que esa manera era enloquecer a Quijano. Es posible, permítaseme la hipótesis, que EI Quijote nunca hubiera llegado a existir de no ser por la hábil estrategia narrativa de Cervantes que, al acomodarse a los preconceptos Y a las supersticiones de su tiempo, pudo luego extraer de ellos todo el jugo y provecho.

Hay, sin embargo, quien defienda que Alonso Quijano no se volvió loco. Es cierto que muchos de sus actos nos parecen, a la luz de la pura racionalidad, auténticos dislates, como aquel risible episodio que siempre nos viene a la memoria, cuando Don Quijote se precipitó lanza en ristre contra los treinta o cuarenta molinos que laboraban en el Campo de Montiel, creyendo, o haciéndole creer a Sancho, que se trataba de una caterva de malvados gigantes con brazos de dos leguas. Uno puede preguntarse: «¿Alguna vez se ha visto mayor demostración de locura, un hombre queriendo pelear con molinos de viento jurando que son gigantes?».

Realmente, nunca, a lo largo de la historia de la andante caballería, se ha visto desvarío semejante, con la condición, por supuesto, de que nos limitemos a tomar la historia al pie de la letra, como parece que era el malicioso deseo de Cervantes. Pero imaginemos durante un momento, al menos durante un momento, que Don Quijote no esta loco, que simplemente finge la locura.

De ser así, no tuvo otro remedio que obligarse a si mismo a cometer las acciones mas disparatadas que le pasasen por la mente para que los demás no alimentaran ningún a duda acerca de su estado de alienación mental. Sólo fingiéndose loco podría haber atacado a los molinos, sólo atacando a los molinos podría esperar que el resto de la gente lo considerara loco.

Ora bien, de acuerdo con este modo de ver, algo discordante con las ideas generalmente recibidas, fue gracias a la virtud de esa genial simulación de Cervantes Alonso Quijano, convertido en Don Quijote, consiguió la cuarta puerta, la que todavía le estaba faltando, la pues la libertad.

La curiosidad lo empujo a leer, la lectura le imaginar, y ahora, libre de las ataduras de la costumbre y rutina, ya puede recorrer los caminos del mundo, comenzando por estas planicies de La Mancha, porque la aventura bueno es que se sepa, no elige lugares ni tiempo, por más prosaicos y banales que sean o parezcan. Aventura que en caso de Don Quijote no es solo de la acción, sino también principalmente, de la palabra.

 Aún cuando sus largos discursos se nos antojan absurdos, incoherentes, despropósito quien sabe si puestos allí por Cervantes para reforzar espíritu del lector la convicción de que Don Quijote esta perdido, incluso estos acabaran presentándose como obras maestras de la buena razón y del buen sentido, la más retórica discurriendo en el más expresivo de los lenguajes, dialéctica que el propio Sócrates no desdeñaría, un esplendor de vocabulario que Shakespeare (que moriría el mismo que Cervantes, el 23 de abril de 1616) tal vez hubiera enviado.

Muchos más después de que Don Quijote hubiera perdido la batalla contra los molinos de Montiel, bajado cueva de Montesinos y perseguido el sueño de una improbable Dulcinea.

Fue así como Alonso Quijano, montado en su esquelética cabalgadura, grotescamente armado, comenzó a caminar, ya otro, y por tanto en busca de si mismo. Al otro lado del horizonte le esperaba Don Quijote.

Miguel de Cervantes el Manco de Lepanto

Miguel de Cervantes Saavedra fue un soldado, novelista, poeta y dramaturgo español.

Se supone que nació el 29 de septiembre de 1547 en Alcalá de Henares y murió el 22 de abril de 1616 en Madrid, pero fue enterrado el 23 de abril y popularmente se conoce en forma errónea esta fecha como la de su muerte.

Es considerado la máxima figura de la literatura española. Es universalmente conocido, sobre todo por haber escrito El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, que muchos críticos han descrito como la primera novela moderna y una de las mejores obras de la literatura universal.

Se le ha dado el sobrenombre de Príncipe de los Ingenios.

El 7 de octubre de 1571 participó en la batalla de Lepanto, «la más alta ocasión que vieron los siglos pasados, los presentes, ni esperan ver los venideros», formando parte de la armada cristiana, dirigida por don Juan de Austria, «hijo del rayo de la guerra Carlos V, de felice memoria», y hermanastro del rey, y donde participaba uno de los más famosos marinos de la época, el Marqués de Santa Cruz, que residía en La Mancha.

De ahí procede el apodo de el manco de Lepanto. La mano izquierda no le fue cortada, sino que se le anquilosó al perder el movimiento de la misma cuando un trozo de plomo le seccionó un nervio.

Aquellas heridas no debieron ser demasiado graves, pues, tras seis meses de permanencia en un hospital de Messina, Cervantes reanudó su vida militar, en 1572. Tomó parte en las expediciones navales de Navarino (1572), Corfú, Bizerta y Túnez (1573).

En todas ellas bajo el mando del capitán Manuel Ponce de León y en el regimiento de Lope de Figueroa, que aparece en El alcalde de Zalamea, de Pedro Calderón de la Barca.

La Galatea fue la primera novela de Cervantes, en 1585. Seguida de:

El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha (1605), Novelas ejemplares (1613), y Los trabajos de Persiles y Sigismunda (1617).

El Nacional

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