El rechazo de la sociedad al Decreto de San Fernando del presidente Meriño



El 30 de mayo de 1881, el presidente de la República, presbítero Fernando Arturo de Meriño firmó el llamado “Decreto de San Fernando”. Lo hizo aún más famoso de cuanto de por sí era debido a su oratoria, pues se reveló como gobernante indoblegable.

Este instrumento legal alcanzó esta denominación debido a la fecha de su firma. Y por supuesto, por el nombre de pila del mandatario firmante.

La Iglesia consagró este penúltimo día de mayo a recordar a varias personas, entre ellas al rey Fernando III de Castilla.

Este rey español del siglo XIII fue conocido por la dureza contra la maldad y el caos durante su firme gestión.

Así como por las luchas, sostenidas durante más de 20 años, contra los moros. A él deben los españoles de su posteridad el rescate de Murcia y otras regiones y la fundación de la Universidad de Salamanca
En su parte enunciativa (de dos párrafos) se sostiene la necesidad de mantener el orden público contra los actos de los perturbadores; y que al propiciarse una revisión al texto de la ley fundamental, cuanto se buscó fue fortalecer al poder público contra los enemigos de la paz social.

En su parte dispositiva (también de dos párrafos) se establece la necesidad de someter a Consejo de Guerra a cuanto ciudadano intente subvertir el orden de cosas establecido. Hasta ahí, todo bien.
Pero el artículo 2 establece que quien sea sorprendido con las armas en las manos con el propósito de subvertir el orden social, será condenado a la pena capital.

El ministro de Interior y Policía del Gobierno de padre De Meriño lo fue Ulises Heureaux, Lilís.
Cuando se produjo el levantamiento en El Algodonal, Braulio Álvarez y Francisco González fueron vencidos fácilmente. Un decreto del 12 de agosto de 1881, les perdonaba la vida y permitía salir al exterior.

En El Cabao, en cambio, ningún vencido y apresado tuvo este tratamiento. Y por eso la notoriedad del decreto, porque Lilís comandó las tropas enfrentadas a las del general Cesáreo Guillermo. Allí, Lilís resultó herido en la nuca.

El general Eugenio Miches logró recogerlo y con tratamiento propio de la época y de esos campos, consiguió su recuperación.

El mismo Lilís escribió, años más tarde, que se vió en el umbral de la muerte. Si no murió, dijo en más de una carta a amigos y amigas, fue porque Dios no lo había signado para ello y porque la Virgen María lo protegió.

Tal vez lo encarnizado de aquellas luchas y su misma herida, llevaron a sus hombres a aplicar el decreto de San Fernando con crueldad inaudita.

Me contó en una lejana ocasión el presbítero monseñor Rafael Bello Peguero, que administrándole el sacramento de la extremaunción el arzobispo Coadjutor de Santo Domingo, monseñor Alejandro Adolfo Nouel a monseñor De Meriño en lecho de muerte en 1906, le habló Nouel de este decreto.

¿Acaso no sentía arrepentimiento por la firma de este decreto de San Fernando? El eminente arzobispo y orador sagrado discrepó de la percepción de su protegido y sucesor.

“Yo, arguyó De Meriño, tenía en mis manos la espada de la República. Quienes vinieron a chocar contra ella fueron los verdaderos culpables de los saldos luctuosos arrastrados por los sucesos en los cuales, en aplicación del decreto, murieron los subvertidores del orden”.

La historia la contaba otro presbítero que alcanzó nominación nobiliaria de monseñor, el padre José Rafael Castellanos. Este cura, por cierto, no alcanzó a ser consagrado obispo, tal vez jefe de la Arquidiócesis, por su animadversión a la ocupación estadounidense de 1916. Fue, empero, administrador apostólico de la Arquidiócesis.

Del experimento de los bienios iniciados en 1880, los únicos dos cumplidos fueron el del padre De Meriño de 1880 a 1882 y el siguiente, encabezado por Lilís, de 1882 a 1884.

El subsiguiente, intentado con Francisco Gregorio Billini, como escribí hace poco, naufragó por la renuncia de Billini a poco menos de la mitad del período. Y sobrevendría, imponente, la figura de Lilís que se impuso sobre su apadrinador el general Gregorio Luperón y sobre el padrecito, como llamaba Lilís a Meriño.