El retorno de lo político



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Si hay una práctica que nuestros gobernantes no han dejado atrás, es la institucionalización de un sistema político débil y estatalmente fuerte. Suena paradójico hablar de esto en un país tan politizado, donde la pelota y la política son las que mueven. Pero hay una neta diferencia entre un sistema regulador del desarrollo social, y otro que administre la pobreza. Y es que, por constancia a la humillante realidad dominicana, vale cuestionarse de entrada si el rol político ha sido sanear o más bien “vivir” de estos males.

Más que un desamparo o aislamiento, sostengo que tenemos administradores de Estado para rato. El moralismo es prebenda corriente de nuestro cotidiano. Fíjese cómo contamos con senadores que opinan de todo, crean causas, barrilitos y fundaciones en nombre de los necesitados. Si los efectos notorios de sus obras solo se visualizan en las vallas “Aquí trabaja el gobierno”, y cuando no, en la intención de remediar los efectos de sus acciones en el lugar de los hechos, es porque vale más administrar que solucionar. Esa es la diversión de un Estado sin política.

 La nómina de empleados es la base de reclutamiento de los misionarios de este próspero mercado. Son astutos y aseguran que la corrupción reproduzca sus especies, la Constitución vigile su inmortalidad, el Interior custodie sus travesuras, el Ejecutivo dicte nuevos terrenos a la malversación y la “Planificación social” silencie el pueblo y lo ponga a mendigar su patrimonio.

Ahí queda revelado hasta dónde llegan nuestras políticas. Queremos hacer justicia, pero esquivamos su pleno y objetivo ejercicio, salvo para los “intercambios de disparos”. No dejamos de hablar de nuestros “hermanos haitianos”, buscamos incluso ejemplares contratos para la reconstrucción de su país, para dejarlos frente al Ministerio de Trabajo “sin fu ni fa”. No falta enarbolar una “Dirección General de Ética e Integridad Gubernamental” para callar la debida explicación a la población sobre el manejo abusivo de las cuentas públicas… Y así la corrupción sigue parándose en la puerta de su despacho.

 Así de avasallante se erige este capitalizado socialismo sin que la liberación dominicana asome tierra firme. Así de soberbia se erige la Hacienda Moralista, haciendo del gobierno de la pobreza su propio patrimonio.

Tan devastador son los efectos de estos mecanismos en las condiciones reales de vida, como en el marasmo político que crean sus principios. Esos que nos llevan a desestimar las obras reales de la función pública y a tantos de sus trabajadores fieles al compromiso colectivo. Ausentándonos así nosotros mismos de los que realmente nos pertenece y de ese instrumento político vital para regular la desigual distribución de las riquezas sociales, económicas y culturales.

En lo que se aplica el plan del señor presidente contra la violencia social, en lo que Vakeró y Omega demuestran lo contrario, el PRD salda sus crisis y Leonel va “al parque” el domingo, exijamos y exijámonos que se retorne al terreno político.