Opinión

Esplendor del mulataje

Esplendor del mulataje

La palabra mulato —como la palabra simbionte para los lectores de comics— tiende a asustar a muchos. Y la verdad no sé por qué. De un término usado por los colonizadores europeos para clasificar a los seres humanos frutos del cruce entre blancos y negros, el mulataje evolucionó hacia todo un sistema de exclusión social, segregación y menosprecio, racializando uno de los más hermosos procesos históricos de vinculación étnica.

Tras el paso de los años y con el surgimiento de naciones en donde el mulataje arribó a una sólida representación social (Brasil, Venezuela, Cuba, Puerto Rico, el norte de Colombia, República Dominicana, algunas costas mexicanas y otros países del Caribe), éste evolucionó hacia su acomodamiento, aposentándose y construyendo una cultura con representación en los principales lenguajes estéticos, así como protagonizando grandes hazañas en diferentes deportes: atletismo, basquetbol, fútbol, béisbol, etc.

Varios países —EEUU entre ellos— evaden referirse a la importancia del mulataje como categoría histórica y catequizan ese maravilloso cruce racial, discriminándolo en varios de sus estados, aún su Constitución lo prohíba.

Gracias al mulataje y la transferencia cultural entre europeos y africanos, nació la santería, un sincretismo de altos vuelos metafísicos, emparentando, acomodando y vistiendo dioses de muchas religiones mágicas en un mismo ropaje místico y conciliando ideologías y credos que sólo se distinguían por facetas banales, tales como nombres y lugares de destino.

Son muchos los que han tratado de construir lazos unitarios entre el mulataje y lo sincrético- simbiótico que ha cubierto Latinoamérica de brillo y resistencia, tal vez deslumbrados por la alta incidencia con que la especificidad cultural —emergente desde los contextos en donde geografía, alimentación, historia y raza, convergen— desarrolla y hace posible que la producción de objetos prototípicos emerja como una en cuanto a unidad y esteticidad.

Sin embargo, para alcanzar su categoría histórica, el mulataje ha requerido de una aleación en la cual se mueva un sentido mágico de la existencia, algo que ha sido posible con sacrificios y luchas que han dejado profundas heridas.

De ahí, entonces, que la región del Caribe, la parte norte de Sudamérica, el nordeste brasileño y determinadas zonas de Centroamérica y México, estructuren ese contexto excepcional, como una consecuencia de las mixturas raciales producidas por las migraciones forzosas de esclavos negros y su posterior integración a las culturas blancas y aborígenes, todo adobado por violentos sentimientos de represión y desesperanza y dando como resultado una extraordinaria totalidad: el esplendor del mulataje.

Al escribir sobre el mulataje, simplemente trato de establecer alguna noción que haga más expedita la vía hacia la explicación de que todo fenómeno estético, en tanto goce, analogía y tercer discurso, tiene una deuda pendiente con el mulataje.

Sin embargo, este fenómeno caribeño y sus regiones adyacentes, ha sido insertado en la Historia del Arte con un sentido cicatero, sobre todo cuando se han tenido que relatar las virtudes de sus productores, soslayando las dignidades de un trascendental movimiento estético.

El Nacional

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