El pretender olvidar por conveniencia o temor
Aunque la historia es la gran enemiga del olvido
Insondables, cuestionados caminos y aptitudes que nos conducen inexorablemente a un comienzo de olvido. Desmemoria que tiende hacernos creer que es incierto aquello de que no hay hombre en el mundo sin tribulación o angustia, aunque sea Rey o Papa.
Olvido irresponsable, soez y traicionero es el que trata de imponerse. Un accionar sin sentido, amoral. Una prédica insulsa y cuestionable sin que contenga un ápice de principios éticos y de sacrificio patriótico. Principio de olvido que nos puede llevar a borrar de raíz lo que hemos sido como ente social y como parte importante de esta nación.
Principio de olvido, sobre el significado cuasi sagrado de nación, palabra sin mucho sentido o valor para un increíble grupo que solo la utiliza para lograr los más abyectos y purulentos intereses particulares.
Cuando la retórica es ajena a la moralidad de los actos y cuando se identifica primero lo bien hecho con la autoridad o la fuerza de alguna posición transitoria, para más tarde retractarse y entonces quererlo equiparar al placer, entonces es el momento de pensar en que algo anda por mal camino.
Algo se nos está olvidando y, por regla, tenemos que pensar en Marx y parodiar al mismo para decir que, cuando la política pierde la memoria, es tragedia y es comedia, porque se repite, tal y como le ha pasado a ese clase dominante desde esos tiempos tortuosos de nuestra gesta libertadora y posterior restauración.
Y, no es precisamente que yo quiera ser como Sócrates aunque tampoco lo niego-, que se llamaba a si mismo tábano de los dioses, porque sabía que su destino era incordiar, más bien es que quiero tener presente que el olvido es el cemento de los advenedizos, los que nunca arriesgaron nada ni lucharon por nada y quieren destruir lo que jamás construyeron.
Por eso, al igual que ese insecto díptero de color pardo que molesta con su picadura, principalmente a las caballerizas, no podemos ceder, porque si dejamos tranquilo a determinado sector de esta sociedad, el día menos pensado amaneceremos con otra bandera ondeando al lado de la nuestra, porque de que se atreven no tenga usted duda alguna.
El olvido pretende justificar la falta de valor. Olvido por acá y olvido por allá sólo para aquello que le conviene a ciertos intereses. Olvido de nuestra razón de ser como nación. Miedo, temor, cobardía cobarde a recordar lo que no puede caer en el olvido, esa forma de ignorancia adquirida para justificar nuestro cobarde accionar nacionalista.
Las invasiones al olvido, las ocupaciones sangrientas por igual. La degradación ambiental de antes, de ayer y hoy, calladamente pasan a ser cubierto por la capa de olvido reglamentaria, hasta que un salvador nos viene a recordar lo que todos conocemos de más y que tristemente pretendemos olvidar para no tener que enfrentarlo.
Y usted puede ser o no asertivo sobre muchas cosas pero, sobre la soberanía, la dominicanidad, la nación, el país, ¡hay no papa!, ahí es que decimos a pleno pulmón y total responsabilidad, ¡no señor!, sobre eso no hay negociación, ni consenso, ni olvido posible y mucho menos dejar pasar, dejar hacer, no señor.
Pero esa amnesia disociativa o ese olvido voluntario, no atribuible a causa orgánica alguna, que irresponsablemente queremos aplicar al caso del desborde criminal de la inmigración ilegal hay que ponerle coto ahora, ya, aunque debió de haber sido antes de ayer, si que en verdad queremos quitarle argumento a los teóricos infuncionales sobre el por qué la desaparición de la nacionalidad dominicana.
Se quiere olvidar por interés, por oportunismo, por engañarnos a nosotros mismos y que nadie me diga alarmista, que aquel que desee pruebas vaya a los campos y ciudades para comprobar la triste y dolorosa realidad.
La enorme invasión pacifica está en progreso y quizás por esto fue que el señor aquel manifestó: No existe forma alguna que la rep. Dom. sea capaz de evitar la inmigración que viene desde Haití. ¿Conoce él algo que nosotros desconocemos?. Por Duarte, por nosotros y por los que vienen, hay que mantenerse alertas. ¡Si señor!
