Opinión

ESTO PIENSO, ESTO CREO

ESTO PIENSO, ESTO CREO

La confusión no me permite pensar, si es que es permitido hacerlo.

 

Porque… “La felicidad y el deseo no pueden vivir juntos”.

 

Hoy no sé ni qué pensar, si es que se permite hacerlo. La confusión es de tal magnitud, que me parece estar en medio de un mar embravecido, rodeado de una atmósfera tumultuosa, en fin, en medio de un caos indescifrable para mí y, al parecer, para muchos otros.

 En verdad, hoy, no sé qué pensar. Pretender resolver los problemas de todos los demás, mientras y, según un estudio dado a conocer por el Instituto para la Economía y la Paz de Australia, retrocedimos del puesto 70 al 93, en el Índice Global de la Paz, debido a la “creciente inestabilidad política, las protestas violentas y el empeoramiento de la situación de los derechos humanos”.

 Pero, como siempre, la respuesta más fácil, para referirse o justificar el problema por parte de los responsables a corregir o evitar tal serie de situaciones. Y siempre, la respuesta más popular y la que causa –por temor a lo que implica– la mayor sumisión y aceptación por parte de los afectados, por ejemplo, culpable de todo; el narcotráfico.

 El mismo “cuco”. Les gusta rebullirse en el problema, para pretender esconder las intríngulis del mismo, así como su responsabilidad por este. Las mismas justificaciones pendejas para ocultar su ineficiencia. Y ese comportamiento no es de extrañar, porque la mayoría de estos prepotentes, altaneros e ineficientes teóricos, lleva incrustado en su acomplejado cerebro, el mismo “chip”.

 Si hubiese coraje, para ejercer las funciones sin miedo, sin temor al qué dirán los afectados, tratando al menos de deshacer con coraje y moral, las cadenas que los esclavizan a su inflado ego, entonces sería otra cosa. Viviríamos todos, bajo el mismo imperio del orden, de lo que debe ser, bajo la dictadura de la ley. Pero para esto, hay que tener valor, de lo cual, al parecer, carecen o desconocen ciertos y determinados funcionarios.

 Se formaron en la mediocridad y en ese mismo ambiente morirán, como le paso al Águila que hace referencia Anthony de Mello en su libro Songs of the Bird, cuando un granjero encontró un huevo de águila y lo puso debajo de una gallina. Cuando nace el águila se crío como una gallina y hacía todo lo que ellas hacían y un día al ver una águila volando, peguntó a su mamá adoptiva; ¿qué es eso? Y la gallina le respondió: “Es un águila, la reina de las aves. Vuela por todo lo alto. Nosotras estamos limitadas al piso, solo somos gallinas”.

 Y cuenta la historia, que el águila, nunca voló a más de un metro de altura, aprendió a picar los granos de maíz como ellas y vivió y murió como gallina. Así son y se comportan ciertos y determinados funcionarios. Desconocen que si quisiesen podrían ser eficientes, volar alto y ver bastante lejos pero, ya están contaminados y presos por la altanería y la prepotencia.

 Manifiestan en cada acción, el sentimiento primario que padecen. Cuando es el miedo, tienden hacia la impulsividad y la asertividad. Cuando es la vergüenza –que muchos han perdido-, tienden a la evasión y la intuición, mientras que cuando es el sentimiento de culpa que los golpea, se van al extremo de la psico-rigidez y la introspección.

 Todo esto nos está llevando a una chabacanería –que no es lo mismo que chacabana– extrema, para resolver los problemas, haciendo proposiciones indecentes, las más absurdas dentro de la absurdidad, disparatosas, ilegales, populachas y politiqueras.

 Porque no otra cosa se puede decir sobre proponer un impuesto de un peso, para beneficiar a los pobres padres de familia que componen el concho, con viviendas, vehículos nuevos, en adición al gas, gasoil y cuantos privilegios solicitan para no tener que parar el tránsito público. Proposición insensible, impensable de alguien que se supone que piensa, aunque esté a mil años luz de la realidad.

 Reitero, no sé qué pensar, si hubiese sido mejor, si en vez de destinar los mil y tantos millones de pesos que se fueron por la cloaca, en un abrir y cerrar los ojos, con las cajitas que se repartieron en Navidad, haberlos gastado en prebendas y presentes para los “pobres padres de familia” que componen el sistema de transporte público.

 Sobre esto hay que continuar hablando porque definitivamente, no sé puede quedar así, no podemos proseguir acostumbrándonos a que lo que diga el señor es lo que va. Muy a pesar de que “yo he visto como la envidia hecha un taladro, penetra y baila al son de una fiesta con el odio en compañía”.

 Y he visto más. “Al que ha querido ser hombre y no ha llegado a su altura, al que ha quedado en la duda, al que no hay bien que perdone. Quien cree que tiene su nombre un digno sitio en la historia, pero no llega su gloria ni pa´adornarla con flores”. ¡Sí señor!.

El Nacional

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