Tan variados e importantes fueron los aspectos abordados por el papa Francisco en Río de Janeiro, que el examen de conciencia que pidió a los obispos puede parecer uno más. Pero la verdad es que se trata de un punto tan relevante como la incitación a los jóvenes para que salgan a la calle a armar líos.
Nadie, como no sean políticos y gobernantes que han tenido conflictos con jerarcas de la Iglesia, había llegado tan lejos frente a la misión de los obispos, como lo hizo el popular Francisco. Quiero, dijo, que la Iglesia abandone la mundanidad, la comodidad y el clericalismo, que dejemos de estar encerrados en nosotros mismos. Que me perdonen los obispos y los curas, pero ese es mi consejo.
Para dejar más claro su mensaje contra la intolerancia y el odio declaró a su llegada a Roma que no condena a los homosexuales, quienes dijo deben ser integrados a la sociedad. El sí está consciente de que el evangelio es la fuerza de Dios para edificar un mundo nuevo y demoler las barreras del egoísmo.
