Excluidos del interior



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Contrariamente a la idea ampliamente difundida en el espacio público, basada en la tendencia de democratización social con el transcurso del tiempo, la historia no se inscribe en una línea de desarrollo.

En otras palabras, el hecho que estemos en el siglo XXI no basta para explicar el aparente acceso a diferentes medios y avances en materia de derechos para una proporción mayor de la población, anteriormente reservada a una menor. Sin embargo, ciertos componentes se fundamentan, legitiman y se disfrazan ante esta premisa. La ideología del “Progreso” es una de ellas.

Tomemos la educación como reflexión. Históricamente, la escuela ha simbolizado un ícono de liberación y un puente de ascensión social, así como representado un estandarte de campañas electorales. Pero, ¿bajo qué condiciones? Y, ante todo, ¿de qué escuela hablamos?

Un estudio reciente de la UNESCO resalta, entre otros elementos, la escasa calidad de la educación dominicana, el incremento de la deserción escolar y el descenso de escolarización desde el año 2000. El ínfimo nivel de lectura y cultural es otro aspecto recalcado en el mismo.

Como resultante, el auge de repeticiones y deserción por fracaso académico o, por necesidad económica, están igualmente en alza. Como idea: sólo un 47% de varones, contra un 57% de hembras, se encuentran en secundaria.

Las oportunidades de “los hijos del Progreso” se van haciendo así más inciertas, escasas y frágiles, en un país con precarias condiciones profesorales y materiales, donde la gran mayoría de alumnos se encuentran privados de un sector privado en progresión.

No hay que hablar de la exclusión de alumnos desde el interior del sistema académico, para un país con un bajo grado a nivel superior.

Véase con un alto índice de analfabetismo, para ambos géneros. A sabiendas que el éxito de los estudios no se encuentra sujeto al nivel de ingresos familiares, pero en gran medida al nivel de instrucción de los padres, principalmente de la madre.

A esta precariedad, generadora de desigualdad, se la suma otra. Se trata de la asignación consignada para este renglón en el Presupuesto de Ingresos y Ley de  Gastos Públicos 2009. Dentro de esta rama educativa, la exclusión iría más lejos en caso de adopción de una proposición inscrita en el proyecto de reforma Constitucional, la cual postula la escolarización en función del estatus jurídico nacional.

Pero, tan excluidos como la Educación, se encuentran relegados de la agenda estatal los demás renglones del Gasto Social, como el sector Salud, Vivienda y  Seguridad Social, para sólo citar tres. Sin embargo, las prioridades parecen estar situadas en la OPRET, la Presidencia de la República o las Fuerzas Armadas, entre otras instituciones que incrementan su presupuesto.

Ya podemos ir comprendiendo mejor la alusión de aquellas resonantes palabras electorales del 2004, de que “la República Dominicana puede ser el arquitecto de su propio destino”. El camino cultural que se piensa seguir cavando y los metros de inequidad que prosiguen cultivándose, son sólo algunos indicios de la vereda en que se encuentra la democracia dominicana.

Ante esta violencia institucional, ¿qué salida se les está dejando a los dominicanos? Y, ante esto, vale cuestionarse: ¿Que hay de la responsabilidad del Estado? ¿Habrán renunciado sus representantes  a escuchar el clamor social, privilegiando la solución facial y efímera en lugar de su cura? ¿Habrán jugado con la esperanza subjetiva de la población en prejuicio de sus condiciones objetivas? ¿O es que han, olvidado simplemente, el principio del Derecho a tener Derechos?

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