Fracasa El socialismo en AL



Hace ya unas décadas, Latinoamérica decidió tomar un nuevo giro político y abrazar un seudosocialismo basado en promesas engañosas y discursos retóricos de gobernantes que adormecían a la gente más rápido que la mala película que esos mismos líderes crearon.

La mediocre trama empezó con Hugo Chávez, como actor principal en Venezuela, sumándosele luego a este, otros dictadores o líderes populares (según su criterio).

Así surgieron Evo Morales en Bolivia, Rafael Correa en Ecuador y hasta lo increíble: Daniel Ortega en Nicaragua, y solo la languidecida Cuba miraba con beneplácito lo que sucedía, cual si fuera un terco cinéfilo.

El modelo socialista que se quiso implementar en Latinoamérica puede ser definido como un puñado de buenas intenciones con un pensamiento retrógrado.

Basta con mirar algunos de sus resultados: Venezuela, el país con la mayor reserva de petróleo del mundo, donde llenar el tanque de gasolina de un automóvil costaba hasta hace poco 0.0000002 dólares, tiene una superinflación que está proyectada a alcanzar la cifra de más de 8,000,00 en términos porcentuales para el 2019, lo que convierte a esa nación en la más miserable del mundo en esa área.
El país de gran potencial y futuro pasó de verde a podrido por la política errónea empezada por Chávez y continuada por su sucesor Maduro. Rompe el alma leer noticias de venezolanas que pagan con sexo el pasaje de un autobús para escapar a Colombia donde les espera un solo camino: la prostitución para poder alimentar a sus familias en Venezuela.

Rafael Correa hizo sin duda mejor labor económica en Ecuador que Maduro en Venezuela, pero a pesar de ello, la mordaza a la prensa y la reforma constitucional para tener una constitución que se ajustara al “correísmo” dejó a ese expresidente muy mal parado.

Además, resulta difícil explicar cómo “el gran defensor de los pobres” no vive en la actualidad en Ecuador (como debiese para dar continuidad a su trabajo), sino que vive con los ricos en uno de los países más ricos de Europa: Bélgica.

A pesar de todo, la corona de “miss decepción socialista” la lleva en la cabeza Daniel Ortega en Nicaragua. Si usted tiene más de 40 años, es muy probable que ya sepa el porqué, pues muchas personas, al igual que yo, pasaban las tardes escuchando noticias sobre los héroes sandinistas que sacaron al dictador Somoza de ese empobrecido país. Ahora sucede que los que derrocaron al dictador, se han vuelto paradójicamente dictadores.

De ese grupo de “Los Intocables”, Evo Morales en Bolivia parece que es el que ha tenido más éxito, pero a un costo muy alto: socavando la institucionalidad de su país, a través de reformas constitucionales para tratar de ir por un cuarto mandato presidencial este mismo año.

Encontrar respuesta al fracaso del socialismo desde el punto de vista económico en América Latina no resulta difícil si se toma en consideración que su modelo se centra en la idea de dar pescado en vez de enseñar a pescar. Bajo ese contexto, los más pobres y desposeídos terminan endiosando a sus líderes, y estos, por su parte, terminan creyéndose dioses del poder político.

En ese mismo plano político, la falta de continuidad y de relevo en el mando han sido siempre el gran error de esos líderes de izquierda, pues eso crea (tarde o temprano) un desgaste de la figura, ya que si es verdad que “hasta la belleza cansa”, no es menos cierto que lo mismo sucede con un presidente que se mantiene en el poder por años, años que más tarde se cuentan en mucho más de una década.

En Latinoamérica, solo Costa Rica (México estaría entre comillas) se ha librado de las garras de los dictadores fatídicos y ha sido modelo de democracia ejemplar no solo para la región, sino también para el mundo. Eso ha podido crear instituciones fuertes y gobiernos que se suceden coherentemente, lo cual explica su desarrollo social y cierta estabilidad económica por décadas pese a ser un pequeño país.

Ojalá que Latinoamérica haya aprendido la lección y entierre para siempre ese sendero político moribundo de Cuba, Venezuela y otros países, porque donde está el cadáver, allí están los buitres.
El autor es periodista