La inusual y en extremo corta campaña electoral venezolana, culmina éste domingo. Por efecto, el pueblo decidirá en las urnas quién guiará el destino de la patria de Bolívar en los próximos seis años: Nicolás Maduro Moros, candidato del oficialista PSUV (Partido Socialista Unido de Venezuela) o el derechista Henrique Capriles Radonski de la coalición MUD (Mesa de la Unidad Democrática).
Capriles busca llegar al Palacio de Miraflores aferrado a la estrategia que empleó frente al fallecido presidente, Comandante Hugo Chávez Frías, no obstante ser derrotado de manera vergonzosa. Él piensa que insistir en atacar las medidas del gobierno, no importa que sean atinadas, y el constante cacareo sobre supuestos actos de corrupción y un alegado uso y abuso de los recursos del Estado, esta vez le dará buen resultado. ¡Vana ilusión!
Se me ocurre que Capriles en su afán por complacer los deseos del Imperio, soslaya su propia realidad, y que eso le impide ver más allá de la curva, avizorar los hechos con preclara inteligencia, como lo hacía el doctor José Francisco Peña Gómez; la savia más pura del liberalismo político dominicano. No tengo duda de que el servilismo de Capriles le ha obnubilado la perspectiva. A quien él tiene que vencer, no es a Maduro sino a la sombra reivindicadora de un muerto que vive en el corazón de un pueblo.
Es obvio que Maduro sabe perfectamente que él no tiene el carisma para obtener los votos que lo catapulten al logro legítimo de la presidencia. Por eso, sus constantes menciones del extinto líder, no deberían sorprender a nadie, pues, como bien reza el dicho popular en la guerra y en el amor, todo se vale.
Si la estrategia de la izquierda venezolana consigue la relección del PSUV, y con esto, la continuidad del Chavismo, aunque sin Chávez, se puede asegurar que el exmandatario Hugo Chávez Frías, es el Cid Campeador contemporáneo, pues igual que a Rodrigo Díaz de Vivar, ni la muerte lo pudo vencer
