Del vasto universo de modos de expresión del teatro, el monólogo, sin dudas, es el más intrincado, difícil y traicionero. Para acometer histriónicamente una desafíante hilera de parlamentos no basta con una buena memoria. Hace falta temple, fuerza y disciplina, a lo cual se agregan un cierto criterio para seleccionar un texto trascendente, conseguir un director de todo riesgo incalculado y saber que hay que invertir meses de ensayo. Con un futuro artístico tan complejo, Patricia Muñoz aceptó el reto y armonizó su personalidad con la de una florentina imaginaria o real, (Quien sabrá finalmente). Abandono el facilismo de las actuaciones corales del Teatro Las Máscaras, para hacer un teatro que quienes gustan de calificativos, llamarían de autor, al seleccionar la pluma de un Premio Nobel de Literatura, venido desde la Vieja Bota que da forma a la artística Italia.El segundo factor era el lograr un director al tono del texto de tantos desafíos. Manuel Chapuseaux, con 30 años de experiencia popularizando clásicos, era el hombre. Así se inició una experiencia que ha transformado la vida de Patricia, al mostrarle de cuanto es capaz, al evidenciar las honduras ignoradas de sus vericuetos interpretativos interiores. Valgan la risa y el humor, bailando junto a un tema histórico de conquistas y vergüenzas. La Muñoz se desdobla, cambia a ratos las formas orales y gestuales para pintar personajes distintos con apoyo de la imaginación del Soberano y los indicios de la carta estética que en este plano tenía escamoteados- probablemente de ella misma. Y no es que su actuación cómicamente suave sea despreciable. Es otra modalidad de expresión que amplia el concepto que se tiene de esta mujer. Johanna Padana de un espectáculo múltiple y solitario, de vueltas, altas y curvas indefinibles emanadas de una persona que ha preferido el desafío creativo a la tradición segura pero altamente previsible.

