Existe una tercera república en la frontera. Allí no aplican las leyes constitucionales de ninguna de las dos naciones que habitan esta pequeña isla, imperan solo la ley del más fuerte, el oscurantismo de la falta de educación y cultura, el instinto del hombre reducido a primate. Por esas tierras reinan los productores de banano, quienes mediante una franquicia de la Unión Europea exportan aproximadamente ochenta toneladas de guineo desde el puerto de Manzanillo, como en los viejos tiempos de la United Fruit en Centro America.
Por suerte para los trabajadores dominicanos y haitianos que laboran en esos campos, la Unión Económica Europea exige permisos de trabajo y condiciones de salubridad, algo a lo que se presta la Dirección de Migraciones, porque allí habla el poder de los exportadores y con eso no se juega.
A esos predios ha llegado la acción de la Red Jesuita de Solidaridad Fronteriza, Orden religiosa que todos los días trata de implementar el mandato de amar al prójimo como a sí mismo, a que se reducen todos los Mandamientos, y que le lava la cara a la iglesia en un momento en que lo que copa la atención nacional son los abusos de los curas, y Nuncio, pederastas.
Viviendo como uno de ellos, está el padre Regino, quien como ya dije antes no está interesado en loas, boatos, vajillas de plata, mansiones de lujo, suntuosidades u océanos. Su voto de pobreza y solidaridad lo lleva a compartir con los condenados de la tierra su suerte, su pan, su destino, con la ayuda de hombres como Johnny Rivas, a quien tienen preso desde hace tres meses con una acusación absurda: la de mandar a matar a una bruja haitiana, algo que el propio asesino de la señora en cuestión niega, porque no conoce a Johnny.
Hacinado, en la Cárcel de Montecristi, donde hay 150 presos (en vez de los 60 que deben alojar las instalaciones), y los jefes de la prisión cobran espacio y peaje (¿Por donde andará Roberto Santana a quien le encanta montear y cantar boleros?), Johnny permanece en la cárcel por un único delito: trabajar con el padre Regino, a quien la gente de Manzanillo teme alojar aterrorizada como está por los nazionalistas locales. El fascismo asoma su oscura trompa cada vez que se habla de justicia social por estos predios, donde imperan el polvo, la guazabara, el cactus y los hombres y mujeres envejecen prematuramente por la falta de suavidad del ambiente y de los gobiernos, que uno tras otro olvidan que la gente del sur tiene derecho a la vida, a la esperanza a la alegría. Y entre ellos, quienes practican el amor inderrotable.
por: Chiqui Vicioso
luisavicioso21@gmail.com

