Era la Joven Filarmónica de República Dominicana, que venía a mostrar el mejor de sus talentos para lograr lo imposible: el reconocimiento total a sus capacidades, siendo tan jóvenes en un arte que demanda el transcurso de años de ensayos y estudio, la experiencia que se curte solo al cabo de sufrir y disfrutar el paso por el podium de muchos directores. Una juventud que decidió un camino inusual: el del cultivo de la música eterna, la que pervive a través del tiempo.
Y mire que se se estrenan con la dirección de Benjamín Zander, director de la Orquesta Filarmónica de Boston, uno de los conferencistas sobre temas de música, más reclamados del mundo, y quien inició hablando al público sobre la fuerza pasional adictiva de la pieza que se interpretaría al inicio del espectáculo (montado a beneficio de la Fundación Juan Manuel Taveras R.). Les desafío a sentir en lo profundo, la fuerza de esta Obertura de la opera Los Maestros Cantores, de Richard Wagner, dijo en tono de consejo casi paternal, una pieza digna, solemne y apropiada para demostrar, por su exigencia, la calidad de sus ejecutantes. Todo un desafío que culminó con un pasaje coral de los instrumentos, que en algunos de los asistentes provocó el llanto, sin que nadie se diera cuenta. Alegría, gritos, aplausos y orgullo compartido por parte de un público que se dejó llevar del nuevo rostro de la música clásica.
Y ciertamente, la interpretación profesional de estos jóvenes, hace conciencia de que un nuevo talento, que echa de lado la juventud de sus ejecutantes y para que la magia de la música conquistara sin vacilación, sin dudas, sin prejuicio generacional alguno, a un público adulto que acudió inicialmente con una actitud de condescendencia estética por ser muchachos que se inician. Para nada. Música magistralmente bien dirigida, con la pasión y la intensidad de un director que a pesar de sus canas, fue ejemplo de vitalidad, de giros ya fuertes, ya tiernos.

