Alguna vez, un hombre atado al deseo abre la puerta de la otra vida, en la memoria de viajero insular, y guiado por un puñado de estrellas, sin jugar a cara o cruz, se adentra al mar una noche cualquiera y escoltado por los caballitos marinos, caballitos del diablo, y seducido por cantos de sirenas ancla, sin agonía, antes de partir.
Es un viaje a través de la hoja de papel en blanco: el mar, hacia su propio exilio, huella del poema que hace camino, de salto en salto, de braceada en braceada, persiguiendo el exilio, en el incendio fugaz de la noche, cuando un hombre solo naufraga en el oleaje de las dudas y convoca a los dioses del agua, antes de cerrar la puerta que da al mar, para pedirles su bendición, y dar el salto:
Antes de partir es un poemario donde un grito angustiante es el fluir constante del discurso y la lírica; las voces del yo interior se entrecruzan en un coro que configura el desgarramiento de alguien que lo lleva mal, pero teme, tiene dudas sobre soltar las amarras y quemar la nave y echar por la borda todo su pasado, porque el amor a sus raíces es un amor que cuando no muere mata y proclama si me duermo /para siempre /( .) /antes de irme /¿qué puedo darte?, para el poeta esa es la patria de la que quiere huir y se convierte en esa realidad previsible, que lejos de ser una negación es la dimensión que guarda en el corazón, esa certeza de sueños y sentimientos que se construyen y se anulan en el mar de las dudas y soledades, arenas movedizas donde un poema de largo aliento toma forma.
Juan Butten (Santo Domingo, 1975) antes de iniciar el viaje al exilio, hace un viaje hacia la cotidianidad de la isla, que es como un navegar de este lado donde renuevo mi /canto cada día /mis pasos no ven el fuego /de esta calle de mármol /montañas /que acarician /levemente las esquirlas /de esta tibia brisa/en esta noche larga/en donde nunca amanece, oscuridad de las luces del día que alcanzan la lírica pública; y atormentan, propician y precipitan el salto necesario para exorcizar los demonios interiores y las melancolías que impulsan el yo omnisciente al otro lado del fuego que lo quema.
La promesa vital del viaje es el rumor del canto, el sambenito que le cuelga a la hoja virgen; son los volantes, que como escritura apócrifa, circulan de mano en mano y de boca en boca, amenazantes, paradoja de la soledad que no encuentra cobija bajo el cielo que sirve de techo a la casa desde donde anuncia la huida, doble filo de la enunciación de la mentira que arde sobre el papel y reta al poeta, anclado en la consigna de un autoexilio, en los imprevistos cotidianos de los sentimientos y los infiernos de la soledad.

