La basura: un mal que tiene solución

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Dicen que el rey Euristeo decidió imponerle a Heracles (mejor conocido por Hércules) en el quinto de sus 12 famosos trabajos la casi imposible tarea de limpiar los establos de Augía, los cuales tenían una enorme cantidad de basura y estiércol por no haber sido limpiados nunca. Tomando en cuenta como la basura arropa nuestros ríos y calles, en nuestros tiempos modernos, Euristeo le habría ganado fácilmente al héroe si lo hubiese enviado a limpiar nuestro país.
El problema de la basura es tan viejo como la mitología griega, más nunca había alcanzado niveles tan alarmantes como ahora. Si el mundo nos conocía por los grandes jugadores de béisbol y las hermosas playas, desde el año pasado, con el mar de basura que flotaba sobre las costas de Santo Domingo, nos conoce también por la falta de pulcritud. Pero esa mala imagen es solamente la primera letra, la “A” de un alfabeto de problemas que parece no tener fin. La generación de basura en el país no va en consonancia con el tamaño de la isla, es decir, producimos más desechos de los que naturalmente podemos absorber. El Ayuntamiento de la capital y los de las provincias han sido tradicionalmente unidimensionales a la hora de enfrentar este problema: centran todos sus esfuerzos simplemente en recoger la basura y ahí ha estado su gran fracaso en el pasado, en el presente y en el…
Nuestros síndicos pueden llenar todo el país de contenedores para depositar los desperdicios, comprar cientos de camiones de recogida de residuos y aún así no resolverán el problema, pues, ¿quién no ha visto a personas tirando desperdicios en la calle pese a tener a solo un par de metros de distancia un contenedor? La solución no es recoger la basura solamente, sino reducirla y, sobre todo, buscar la forma de aprovecharla. El problema de la basura no es complejo, sino que nosotros mismos lo hemos hecho inmanejable por la forma como lo hemos querido manejar.
Si la clave es reducir la basura y gran parte de esta viene de los ciudadanos, empecemos por aquí. No basta con poner el clásico letrero de “No tire basura”, pues todos sabemos que la gente continúa con su mala práctica ni tampoco con la simple promulgación de una ley porque la gente solo empieza a cumplirla cuando empieza a sentir temor.
En consecuencia, las leyes deben ir de la mano con penalizaciones. Desde el primer momento en que a dos o tres de esas personas que tiran basura al río o a la calle se les vea deshonrosamente teniendo que limpiar la ciudad o pasando un día en la cárcel junto con esa vorágine de presos que no han visto una mujer en años, la basura se reducirá en más de un 20 por ciento, y esa cifra aumentaría más si las empresas tuviesen que pagar impuestos extras por su enorme cantidad de desperdicios.
El castigo por lo incorrecto viene a la par con las recompensas por las buenas acciones.
En ese sentido, hace ya muchos años que debimos haber empezado a reciclar la basura a nivel nacional, dividiéndola en plásticos, cristales, basura combustible, elementos reciclables y otros materiales, lo cual podría crear nuevas fuentes de empleos para algunas personas y entradas económicas para el Gobierno.
La idea es que la gente lleve los materiales reciclables, el Gobierno los compra y los transforma en productos que vende posteriormente.
La basura también se puede transformar en abono o en combustible para plantas que producen energía. Las personas que lleven sus bolsas ecológicas cuando van de compras podrían recibir cupones de descuento.
Dejemos, pues, de pensar solo en recoger la basura y aumentemos nuestro abanico de posibilidades para resolver el problema.
Según informes del Banco Mundial (2018), República Dominicana es el cuarto país que más basura genera en Latinoamérica con un promedio per cápita de 1.08 kilógramo por día. Es cierto que estamos muy por debajo de las enormes toneladas de basura plástica que producen China, Estados Unidos, Japón y Alemania, pero tomando en cuenta nuestra dimensión geográfica, debemos actuar ahora y rápido, porque Hércules no va a venir a ayudarnos.
El autor es periodista.