Fueron necesarios 30 años para volver a disfrutar La Bohemia, pero ha valido la espera. Conjunción de talentos nacionales e internacionales, la representación, vista anoche en función previa, constituyó una experiencia de marca profunda en el público que acudió a la sala Carlos Piantini del Teatro Nacional, en una función abierta para calibrar el montaje en su conjunto, ya con todos los elementos finales de la representación y en la cual el canto del tono más alto y la música llamada a no morir jamás por su trascendencia, salieron por el umbral más aplaudido: la extendida y justiciera ovación final.
La experiencia La Bohemia (La Bohéme), una de las óperas de mayor exigencia es una pieza lírico-musical de excepción que inscribe un punto luminoso e inolvidable en el escenario del Teatro Nacional, por cuyos 40 años de existencia se produce este acontecimiento, lanzado en común por el Ministerio de Cultura y la dirección del TN.
El canto
Los cantantes actuantes anoche se lucieron, particularmente el elenco extranjero y por la parte criolla el barítono Eduardo Mejía, con afinada voz (que en momentos parecía ahogada por la orquesta), pero que afirmó finalmente con nobleza el aporte lírico dominicano, y la soprano Nathalie Peña-Comas, en un rol exigente y cargado de gracia picaresca que le habrá de provocar un reconocimiento de su calidad, probaba ya hasta el último de los requisitos, en escenarios de Europa, donde ha estudiado y hace carrera.
De los talentos extranjeros Cinthia Lawrence, fue la gran dama del escenario que sobregió con su voz de soprano al público, erizando la piel de los más sensitivos, aporte al cual se une con la misma intensidad Adam Liege, Tomás Gunther, Marck Callins y Evan Michelle Boyer.
Por el país participan en el elenco Paola González y Nathalie Peña-Comas, Luis Ledesma, Eduardo Mejía y Carlos Medina, todos con el marco ofrecido por la Orquesta Sinfónica Nacional, con José Antonio Molina como director titular.
Un aspecto técnico que resalta es la concepción y realización de una escenografía a la altura de un montaje profesional al cual había que dotar del mejor ambiente.
Lo técnico
La escenografía, en tres cuadros para los cuatro actos (la habitación del Puccini,- que repite al inicio y al final – la gran plaza, y el rincón de invierno) se evidencian realizados con nobleza y talento, cuidando las texturas y volúmenes, con gran sentido de dirección de arte epocal. Fidel López vuelve a ratificar porque es el más destacado de nuestros escenógrafos.
La exigencia artística mayor planteada escénicamente se produce en el segundo acto, con el accionar de más de 50 actuantes en la gran plaza, por lo complejo del movimiento de las masas humanas, la simultaneidad de sus interpretaciones que producen cambios rápidos del punto de atención.
Las escenas intimistas son bien logradas, sobre todo por el acompañamiento musical y el lirismo de las voces.
El diseño de vestuario es muy digno del tiempo representado y el de luces resalta momentos cruciales y panorámicos amplios cuanto interviene todo el elenco.
La OSM
Ubicada en un foso que no es foso por el diseño arquitectónico que debería ser reformulado quitando las dos primeras filas de la platea para dar un espacio digno, la Orquesta Sinfónica Nacional evidenció como el arte es capaz de ubicar a una nación con tantas deficiencias institucionales, a la altura en el marco del arte noble- junto a los países desarrollados del mundo. El arte a este nivel nos iguala y las diferencias sociales quedan reservadas para otros enfoques.
La dirección de Molina sin dudas que resulta determinante. Su capacidad inspiradora, unida al talento cultivado por estos hombres y mujeres que solo se expresan mediante sus instrumentos, se siente al arrancar de este cuerpo.
