El avión que durante muchos años piloteaba Ángel Rondón, de repente se estrelló contra el muro de la corrupción que había creado en muchos países, principalmente de América Latina, la empresa brasileña Odebrecht.
La nave llevaba muchos pasajeros, unos en primera clase y otros en clase económica, pero todos bien acomodados y atendidos por azafatas hermosas y bien entrenadas para tan delicado trabajo.
No todos los pasajeros se conocían, pero tenían referencias los unos de los otros. En muchos casos se trataba de colegas. No a todos les tocó “ventanilla”, pero sus compañeros de asiento estaban felices porque el vuelo los conduciría a Disney World o los dejaría en Europa para un crucero que los llevaría por el Mediterráneo y las Islas Griegas completamente gratis sin preguntarse –qué carajo importa- de dónde salía tanto dinero que hasta para propinas y ahorrar alcanzaba.
El avión se precipitó, más no se incendió ni se destruyó. Milagrosamente la nave –Odebrecht- sufrió daños cuantiosos, pero reparables después de una millonaria inversión desagraviando países.
En principio se pensó que todos los pasajeros habían muerto, como suele suceder en estos accidentes. Pero no, todos, absolutamente, estaban vivos. Algunos con rasguños, golpes pequeños, pero nada que lamentar más que el escándalo producido posteriormente al salir a flote parte de la verdad por “el entramado de corrupción” que según el investigador Jean Alain Rodríguez, envolvía la travesía.
Muchos pensaron que, para su fortuna, “la caja negra” había desaparecido hasta de la oficina de sobornos instalada en Santo Domingo por una cuestión de “seguridad” y que nadie se enteraría de nada, que de cualquier acusación, por falta de pruebas, saldrían ilesos.
Los ocupantes de la nave, que disfrutaron del crucero en uno de los barcos más grandes y lujosos del mundo, no contaron con que la “caja negra” del avión que los traía de regreso al paraíso de la impunidad la tenía el principal acusado y que en ella había otra “caja”: la de Pandora, con todos sus demonios dispuestos a salir por lo menos en las redes sociales.
La “caja negra” la tenía bien guardada, en una caja fuerte de acero inoxidable, a prueba de cañones, nada más y nada menos que Ángel Rondón para protegerse de todo mal o para impedir pagar solo las culpas de muchos.
(“Yo no los corrompí; ellos estaban corrompidos cuando llegué”, dijo –con razón- Marcelo Odebrecht, presidente de la multinacional)
Desde las alturas del poder quieren evitar que Ángel abra la “caja negra”.

