La dictadura tecnológica



Mi madre tuvo la sutileza de darme la alarma que hoy se extiende. En las reuniones familiares se da un unánime contrasentido: la atención al celular, el estar pendiente al bendito móvil copa a la mayoría.
Ya se mira muy escasamente cuántas arrugas se le agregan al rostro avejentado de la abuela o se indaga por sus más recientes achaques. No. Entre bocado y bocado, de una opípara comilona convocada, el tecnológico gourmet se atraganta de imágenes y mensajes que se le envían. Casi roza el desespero cuando pasan minutos y no escucha la señal de que al tótem moderno no entra nada. Pero la adicción al móvil no se queda ahí, a los lugares más inverosímiles ha llegado.

El usuario no respeta que está frente al volante o al adusto rostro de un muerto en una funeraria. He escuchado, inclusive, las conversaciones más románticas o de negocios con uno de los interlocutores sentado en el retrete o en medio de las más reconfortantes de las micciones.

El número de veces que miramos al móvil nos demuestra que es más importante lo que pasa en la pantalla que lo que está sucediendo en el mundo. Uno tiende a reírse estruendosamente o a quedarse ensimismado estólidamente con un video que nos envíen con una broma, que con un rostro que tengamos al lado.

Uno existe en la medida en que recibe mensajes, en que el otro le envía algo o le escribe por whatupp. El móvil es oficina, compañero de soledades, guía existencial.
Sería interesante contabilizar cuántas veces mira una persona hacia su móvil y cuántas veces mira a su hijo, a su amigo. La respuesta pavor daría.

Estar atento al móvil es una reacción lógica. La pantalla con su caterva de imágenes, nos duerme. Es el narcótico más menospreciado que la modernidad nos ha entregado y que ilusoriamente nos elimina la soledad. Es como si en lo más interno sospecháramos que la voz nos despierta de algún letargo, y sin embargo, reaccionáramos de forma reacia: queremos mantenernos dormidos, perpetuamente en chateo superfluo.

Yo hago el ejercicio, a veces, de dejar el móvil en casa, de abandonarlo, para sentirme libre, para creer que aún me queda un ápice de animal salvaje entre los poros. Pero la modernidad llama a las masas. La dictadura del móvil predomina, por lo que cuando entramos al autobús o un banco, u oficina de espera, de inmediato notamos que cada cual tiene su vista y atención dirigidas al celular.

Nadie mira hacia quién entró ni quién está al lado. El ciudadano no existe. La relación predominante es como el teléfono. De ahí que ya que no nos interese el otro, el detalle que hace singular el rostro de quien comparte el espacio con nosotros.

Más que una relación con el celular, más que instrumento de trabajo o de buscar información, me temo que una esclavitud ritual se ha creado. Creemos que poseemos un Smartphone pero en lo más íntimo él es quien nos está engullendo.

A partir de lo que se observa, del empecinamiento por estar apegado al móvil, se puede pensar, sin pecar de extremista, que lo importante ya no es lo que ocurre en el mundo, sino lo que sucede en la pantalla del móvil.

Sé que usted puede estar en contra o en desacuerdo con estos planteamientos, pero también de que existe un gran porcentaje de que esté apurando la lectura de este artículo para ir a ver su móvil, o de que cuando termine se dirigirá automática y religiosamente a ver qué mensaje nuevo ha entrado.
Es vital saber, de aquel lado del whatupp, qué mortal ha dicho presente.