La familia de medio tiempo

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Temprano en la mañana usted ve más madres que padres acarreando niños para dejarlos en un lugar de cuido, sin importar que sean abuelos o casas particulares dedicadas a esas labores, para irse a trabajar.

Ahora se tiene familia de medio tiempo, que es el destino de las familias contemporáneas, el otro medio tiempo lo completamos con imaginárnoslos y así pasa el tiempo y se multiplica el descuido pensando el padre o la madre, que se está en lo correcto.

¿Acaso no es todo de medio tiempo? Por lo que ese medio tiempo adquiere un carácter de emergencia y de postulado, cuando uno de los padres no duerme bajo el mismo techo, cual sea la razón, que puede ser desde la ruptura hasta de que uno de los dos se encuentre ausente, o no le dedique el tiempo, el medio tiempo restantes a la familia.

Vivimos a medio tiempo para todo y ante cualquier circunstancia. Hubo un tiempo que la familia era de tiempo completo, más bien el de la madre. El padre casi todo el tiempo estaba fuera, de ahí que la madre era considerada como la familia, aun estando el padre. Se asustaba al muchacho cuando hacía una diablura con: “¡Ya verás cuando venga tu papá!”. Ahora ambos están fuera una parte del tiempo, las casas que cuidan niños pululan por doquier. Los padres regresan al atardecer cansados al igual que el niño que rescatan.

Los tres, despojos de una realidad que no coge oraciones en ningún idioma. Todos están trabajando y pasando trabajo. Hay un cansancio relativo, por eso es destructivo, insertado en nuestra sociedad de salto a garrocha.

Emigramos para que nuestra familia dizque esté bien y al final perdemos familia y todo aunque terminemos llevándonoslas para comprarle una casa.

Somos una sociedad de intenciones y de medio tiempo, cuando, individualmente venimos a darnos cuenta ya es tarde. Así nos gobiernan, así dirigimos la familia.

Así nos vendemos y postulamos una sociedad mejor, es decir, una familia repleta de buenas intenciones. Hablar bien de la familia es una postura, poner de su parte para mejorarla, es otra.

Cuando no se hablaba tanto de la familia, ¿funcionaba la familia? Creo que cuando se habla mucho de algo es porque no funciona.

¿Cambió nuestra sociedad, nuestra manera de sentir, pasándonos por el frente de nuestros rostros? Estamos repletos de prácticas religiosas “raras”, que asumimos por soledad, no de Dios, sino fruto de nuestros actos, de no dejar de hacer a tiempo lo que nos va a joder, no nos llamamos a consejos por nuestra manera de proceder.

Tejemos por las noches nuestra felicidad y en el día la desenredamos. Señalo la noche por el hecho del descanso del cuerpo y de la mente, que no es descanso nada, pero hay que decirlo, ¿Qué es la familia ahora mismo en la República Dominicana? ¿La qué dice cada quién en su praxis, la que entiende cada quién, asuma o no sus cuidados? El por ciento de mujeres que cargan con las responsabilidades económicas de la familia solas, asusta a cualquiera.

Decir familia es decir responsabilidades de dos, no de un solo. Les andamos por las ramas con la protección, real no, de propaganda religiosa o estatal, respecto a tal responsabilidad medular.

A la hora de pensar la familia no podemos pensarla como una casa, como buscar las tres calientes o la educación de los miembros, también tenemos que pensarla cuando nos descuidamos o estamos en vía de ello, creyendo todo lo contrario.

Cuando se pierde se va todo. La manutención, la casa, la educación; todo eso es importante, pero lo es también el cuidado del alma de la familia, que consiste en velar y ponderar cualquier cosa que la ponga en riesgo, como el exceso de bienestar conseguido a las malas, frenándolo a tiempo.

No priorizar nada sino la totalidad de acuerdo a como cada quien pueda darlo. No hacer nada por una sola necesidad, por imperiosa que parezca. No dejarnos encantarnos por un futuro que no conocemos, pero que por la carga de sueños que tenemos dormido creemos que va a ser mejor, sin hacer nada por la totalidad, que consiste en vigilar y vigilarnos. La familia es todo o nada.

No hay media tinta. Hay que pensarla con detenimiento. No se puede dejar que crezca a la sombra, pues se pierde y no se puede recuperar ni con oraciones, ni meas culpas. Sacrificar el presente por el futuro no es juicioso respecto a la familia. Buscar el equilibrio, sí.
El autor es escritor.