Si ves a una persona y te provoca mencionarla es porque tienes referencias de ella y la necesidad de valorarla. Sólo las expectativas despiertan nuestra atención. El anuncio de Juan el Bautista estimuló el seguimiento y la adoración que de Jesús tiene el mundo cristiano. O la esperada llegada del Mesías.
Toda reputación, buena o mala, es siempre inquietante. Inevitablemente, como efecto reflejo, volteas la cara sólo para comprobarlo. Evidentemente vale la pena que todos te conozcan.
Esto explica una predisposición a la calificación y estima de una marca, esto es producto, idea, empresa o individuo. Traen con ellos una presentación y una historia alteradas por el parentesco, la filiación política y religiosa, así como la disposición económica y necesidades inmediatas. Excluir las costumbres, el orden legal y las creencias seria prescindir de las variables antropológicas que contextualizan la definición más acabada de la imagen.
Decir que es presencia, historia y discurso seria desandar los pasos. Hay que insistir en la representación como puerta de entrada. Es lo primero que se percibe. Como Oscar Wilde, creemos que una cosa bella nos ayuda, sólo con ser lo que es. Sin embargo, es un elemento frecuentemente voluble, alterable ante el menor predicamento.
Apostar al componente conceptual garantiza una mayor efectividad, con resultados sostenibles y duraderos. Lo que una persona desea y está en capacidad de transmitir es lo que, finalmente, determina la inclinación hacia una idea política o religiosa.
Aunque tenemos que reconocer el aspecto valorativo, articulado entre el componente físico o presencial y el conceptual o discurso.
