Opinión

La isla de los pingüinos

<P>La isla de los pingüinos</P>

Anatole France, uno de los novelistas preferidos de mi padre, escribió “La isla de los pingüinos”, un repaso satírico de la historia de Francia. Ahora que está sobre el tapete la discusión en torno a la forma en que debemos contribuir a sufragar los gastos públicos que muy por encima de los ingresos presupuestados hiciese la administración de Leonel Fernández, voy a transcribir al Premio Nobel de Literatura con motivo de lo sucedido en “La primera asamblea de los estados de Pingüina”.

      Resulta que luego de que Francia censara a su población, se consideró la pertinencia de exigirle a cada quien un tributo. El autor, que se vale de la burla, cuenta que un rico labrador entró al debate para rechazar el impuesto a la riqueza y proponer que se gravase el consumo: “Es preciso atender únicamente al interés público, acordar lo más conveniente, y lo más conveniente, lo que el interés público exige es no pedir  mucho a los que tienen mucho, porque entonces los ricos serían menos ricos, y los pobres, más pobres”.

     “Los pobres viven de la hacienda de los ricos, por lo cual es sagrada… Si pedís a los ricos, no conseguiréis gran provecho, porque son pocos, y en cambio, los privaréis de sus recursos y hundiréis al país en la miseria; mientras que si pedís un poco de ayuda a cada habitante, a todos por igual, sin reparar en sus bienes, recogeréis lo necesario para las cargas públicas y no hará falta inquirir lo que posee cada ciudadano, investigación odiosa y vejatoria. Si pedís a todos igualmente, levemente, favorecéis a los pobres, puesto que les quedarían los bienes a los ricos”. ¿Qué terminó ocurriendo? Pues que los pingüinos, animal que simboliza a los galos en la sátira, “contribuían con su miseria privada a la prosperidad pública”. Y yo pregunto: ¿Hay algún parecido con lo que ha pasado aquí? 

El Nacional

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