A veces las ideologías políticas pueden ser tan enceguecedoras como los dogmas religiosos. La izquierda latinoamericana es particularmente notoria en hacer de sus convicciones políticas verdades dogmáticas y de sus líderes mesiánicos unos santos incapaces del mal. No ponen reparo en condenar (como merecen) los autoritarios y corruptos de derecha, pero no dudan ni por un segundo en defender a ciegas e incondicionalmente a los Castro, Chávez y Maduro del mundo. Nada ilustra esto mejor que las reacciones a la condena de Lula en Brasil.
El caso “Lava Jato” y sus diferentes aristas han impactado indiscriminadamente a toda la clase política de Brasil. Cerca de un tercio de los miembros del Congreso brasileño están bajo investigación, miembros de los gabinetes del actual y los anteriores gobiernos indistintamente guardan prisión o están sometidos a la justicia, los más poderosos empresarios de Brasil hoy están tras las rejas, y el Ministerio Público y la Justicia brasileña mantienen una persecución implacable limpiando a todo el sistema político de Brasil. Pero cuando la justicia alcanza a Lula, ahora la izquierda lo llama persecución.
Lula da Silva, según la izquierda, no va a prisión por manipular contrataciones públicas a favor de una empresa a cambio de beneficios personales no obstante toda la evidencia que lo demuestra, no, para la izquierda todo esto es una conspiración del “imperio” y una persecución de Temer para silenciar sus adversarios. Temer, el mismo que forzó la salida del Procurador General de Brasil el año pasado, un abierto enemigo de Sérgio Moro (el mismo juez que ordenó la prisión de Lula), y el que vio a casi la totalidad de sus más cercanos aliados ser enviados a prisión. ¿Ese Temer?
La reforma constitucional de 1988 en Brasil y sus subsiguientes enmiendas (mucho antes de la llegada de Lula) se centraron en crear un sistema federal de justicia genuinamente independiente donde el poder político tendría muy poca incidencia. Ese monumental logro hizo que “Lava Jato” fuera posible, y que sus consecuencias tcontagiaran a toda Latinoamérica, y es hoy el sistema que se encuentra bajo asedio de la claque corrupta de la política brasileña que busca combatirle. Esa justicia independiente es hoy el enemigo de la izquierda latinoamericana.
Cuando la ideología toma el control sobre la razón, la primera víctima siempre será la coherencia. Esa y no otra es la razón por la que la izquierda vive ciclos tras ciclos de fracasos en una región que sueña con la justicia social y la equidad de resultados que prometen, pero que siempre queda decepcionada con las consecuencias inevitables que la implementación de esas políticas conlleva.
Si la izquierda latinoamericana aspira algún día ser un poco más que consignas y momentos pasajeros, tendrá que aprender a no cultivar corruptos y autoritarios de su preferencia y ser coherente en denunciar lo mal hecho indistintamente sin hacer de sus líderes mesiánicos las vacas sagradas, de lo contrario esa corruptela y autoritarismo que defienden se convertirán en los principios que le identifican.

