El Presidente Fernández ha cautivado a la prensa local con su propuesta de limitar el capital especulativo dentro de los mercados internacionales de petróleo y alimentos. Aunque en principio pareciere una meta loable y cargada de buenas intenciones, la realidad es que no solo la premisa de que la especulación es culpable de las alzas en los precios de esos bienes es, cuanto menos, cuestionable, sino que la solución planteada pudiera ser más dañina que aquello que pretende resolver.
La propuesta del Presidente parte de la idea de que personas y empresas están comprando petróleo y alimentos en los mercados de futuros, no con la intención de consumir esos bienes, sino con el objetivo de sacar provecho especulativo con el alza de precios. Esto es cierto, sin embargo, su impacto en el precio final del petróleo carece la relevancia real a la que apunta la propuesta de Fernández.
Si un especulador compra petróleo o alimento para obtener ganancias del incremento de precios sin intención de consumirlo, este naturalmente deberá venderlo antes que se produzca la entrega, para evitar el inconveniente de tener apiñados miles de barriles de petróleo o sacos de trigo en el patio de su casa. Al comprar una cantidad X este presionará el precio hacia arriba, pero cuando deba vender la cantidad X antes de la entrega y evitar una remodelación de su patio, este presionará el precio hacia abajo. Al final su impacto sobre el precio en el mediano plazo nunca es significativo.
En cambio, varias cosas positivas resultan de la presencia de los especuladores que ahora se plantea ahuyentar. La primera es sin dudas el incremento de la liquidez en el mercado, lo que implica para el productor vender en corto plazo y así obtener recursos para dar continuidad a su producción, y a su vez al consumidor que se beneficia de la dinámica oferta.
La segunda es que, paradójicamente, mantiene los precios más estables. Si un especulador, movido por información de que la oferta podría no ser suficiente para satisfacer la demanda en el mediano plazo, compra ahora, con su acción eleva el precio del bien. Esto por un lado estimula a los productores a incrementar su oferta para obtener mayores ganancias y por el otro reduce el impulso de consumo del comprador. Esto no solo ayudaría a eludir la escasez sino que mantendría los precios estables.
Es poco probable que se tomen acciones serias encaminadas a dar curso a la propuesta del Presidente, no solo no es conveniente para ninguno de los mercados que esta apunta, sino que su ejecución requeriría de organismos supranacionales que no existen y sobre los cuales no habrá intención política de hacer funcionar en el mediano plazo.
Lo anterior, sin embargo, no significa que el problema de los precios en los alimentos y la energía deban ser puestos de lado, y aunque tengo mis reservas de si la propuesta del Presidente es la solución, entiendo que el esfuerzo para abrir ese debate es positivo. Espero que eventualmente podamos enfocarnos más en como las políticas públicas de países productores reducen el incremento de la oferta, lo que sí tiene capacidad de afectar los precios por tiempo indefinido en formas más determinantes de lo que jamás podrán soñar los especuladores, y lo que es, a mi juicio, la causa de la situación en la que estamos metidos ahora.
