Gracias a Pitágoras sabemos que la suma de los ángulos de un triángulo es igual a dos ángulos rectos, y que el cuadrado de la hipotenusa de un triángulo rectángulo es igual a la suma de los cuadrados de los catetos. Sin embargo, muchos ignoran que siglos antes que Copérnico y Galileo, el matemático griego sostuvo que la Tierra era una esfera que giraba sobre sí misma.
Indro Montanelli relata en Historia de los Griegos que Pitágoras no concebía la Aritmética con los groseros y utilitarios objetivos de los egipcios, sino más bien como teoría abstracta para alentar las mentes hacia la deducción lógica, hacia la exactitud de las relaciones y a su comprobación.
Si la traslucidez de su genio concibió el teorema de la hipotenusa, y más aún, si mediante su dominio de los números y las formas determinó la redondez de la tierra, pienso que debería concedérsele algún espacio de discusión a su teoría sobre la muerte. Pitágoras creía ciegamente en la reencarnación, a tal punto que afirmaba haber sido una famosa cortesana en otra vida, y que antes fue nada menos que Euforbo, muerto a manos del rey de Esparta, Menelao, en la Guerra de Troya. Estando en Argos, reconoció en el templo la coraza de hierro que había llevado en aquella expedición, cuenta Montanelli.
La reencarnación, no obstante, es descartada en las Sagradas Escrituras; en Hebreos 9,27 se lee: Y así como todos han de morir una sola vez y después vendrá el juicio. La muerte es para los cristianos el final de la vida terrenal y el inicio de una eterna al lado de Dios. En lo que sí coincide con la teoría del excéntrico matemático griego es en la inmortalidad del alma, pero, ¿volvemos a la vida material después de la muerte como aseguraba Pitágoras? ¿Abandona el alma al cuerpo para que pueda descansar de sus tareas? ¿Se emprende el viaje hacia el paraíso o, como sugiere Mateo 25,41, descienden al infierno aquellos que permanecen en el pecado?

